viernes, 27 de marzo de 2015

Dos poemas de Tranströmer

Kyrie

A veces, mi vida abría los ojos en la oscuridad.
Una sensación como de multitudes ciegas e inquietas,
que pasan por las calles camino de un milagro,
mientras yo, invisible, permanecía inmóvil.

Como el niño que se duerme con miedo
escuchando los pasos pesados del corazón.
Largo tiempo, hasta que la mañana pone sus rayos en la cerradura
y se abren las puertas de la oscuridad.



Visión de la memoria



Una mañana de junio, demasiado temprano
para despertar, pero tarde para volver a dormirse.

Tengo que salir al verdor que está lleno
de recuerdos, y ellos me siguen con la mirada.

No se ven, se funden totalmente
con el fondo, camaleones perfectos.

Estoy a un paso de oírlos respirar
pero el canto del pájaro ensordece.


Tomas Tranströmer
(versión de Roberto Mascaró)

martes, 9 de septiembre de 2014

Adonde quiera que vayamos


Adondequiera que vayamos siempre llegamos demasiado tarde
a aquello que una vez salimos a buscar.
Y en cualquier ciudad en que nos quedamos
están las casas a las que es demasiado tarde para volver
los jardines en los que es demasiado tarde para pasar una noche de luna
y las mujeres a las que es demasiado tarde para amar
lo que nos tortura con su intangible presencia.

Y sean cualesquiera las calles que creemos conocer
nos llevan más allá de los jardines floridos que andamos buscando
y que difunden por toda la vecindad sus pesadas fragancias.
Y cualesquiera que sean las casas a las que volvemos
llegamos demasiado tarde por la noche para ser reconocidos.
Y cualesquiera que sean los ríos en que nos reflejamos
no nos vemos hasta que les hemos dado la espalda.

Henrik Nordbrandt (versión de Francisco Uriz)


miércoles, 6 de agosto de 2014

Si muero pronto

Si muero pronto,
Sin poder publicar ningún libro,
Sin ver la cara que tienen mis versos en letras de molde,
Ruego, si se afligen a causa de esto,
Que no se aflijan.
Si ocurre, era lo justo.

Aunque nadie imprima mis versos,
Si fueron bellos, tendrán hermosura.
Y si son bellos, serán publicados:
Las raíces viven soterradas
Pero las flores al aire libre y a la vista.
Así tiene que ser y nadie ha de impedirlo.
Si muero pronto, oigan esto:
No fui sino un niño que jugaba.
Fui idólatra como el sol y el agua,
Una religión que sólo los hombres ignoran.
Fui feliz porque no pedía nada
Ni nada busqué.
Y no encontré nada
Salvo que la palabra explicación no explica nada.

Mi deseo fue estar al sol o bajo la lluvia.
Al sol cuando había sol,
Cuando llovía bajo la lluvia
(Y nunca de otro modo),
Sentir calor y frío y viento
Y no ir más lejos.

Quise una vez, pensé que me amarían.
No me quisieron.
La única razón del desamor:
Así tenía que ser.

Me consolé en el sol y en la lluvia.

Me senté otra vez a la puerta de mi casa.
El campo, al fin de cuentas, no es tan verde
Para los que son amados como para los que no lo son:
Sentir es distraerse.

Alberto Caeiro

Versión de Octavio Paz

sábado, 3 de mayo de 2014

TARJETA DIURNA



Afligido estoy y abatido en extremo; la fuerza de los gemidos de mi corazón me hace prorrumpir en alaridos.
Salmo XXXVII

Sálvame, Dios mío, de mis enemigos, líbrame de los que me asaltan. Sácame del poder de los que obran inicuamente y libértame de esos hombres sedientos de sangre.
Salmo LVIII

Dame voz, oh Señor, para entonar mi plegaria
obséquiame noches de sueños cortos
que huyan de la memoria al despuntar el alba.
Permite, Señor, que pueda despedirme de los míos
y que sus voces sean escuchadas por tu oído omnipresente
que sientan alivio en medio de su soledad forzosa
que una vaga esperanza reconforte sus espíritus
con un rayo de sol que se cuele por la ventana
con la memoria de días llenos de sonrisas y abrazos.

No consientas que mi estirpe sea borrada
deja que mis muertos conserven sus nombres
que el suelo árido no carcoma sus huesos olvidados.
Concédeme la gracia de besar sus párpados inmóviles
de ahogar en rabia los lamentos.

Ten, Señor, misericordia de mí, que estoy sin fuerzas
¿Hasta cuándo mostrarás tu cólera? Ya nadie se acuerda de ti
ni del infierno que se multiplica en las calles
en la nota roja de los periódicos, en los murmullos de los funerales
aunque tu nombre sigue resonando en las bocas torcidas de las víctimas.
Por eso levántate, oh Señor Dios, no olvides a los sufrientes
quebranta el brazo de opresores y malignos.
Libéranos con tu encono poderoso
venga la sangre de tus siervos.

Canto tu himno, oh Señor, para alejar tanto infortunio
para hallar resignación
ante las cruces que se reproducen en la tierra.
Para que la confusión y la vergüenza
invadan el corazón del enemigo.
Ya no encuentro la salida entre tanta oscuridad
ando todo el día cubierto de tristezas.

No te pido consuelo, oh Señor, te pido revancha
lágrimas que jamás se sequen
furia que no se agote
y una pluma veloz que no descanse.

miércoles, 23 de abril de 2014

Las revelaciones de Alice Munro


El cuento es “algo vislumbrado con el rabillo del ojo”. Esta sentencia de V.S. Pritcher la recoge el norteamericano Raymond Carver en su ensayo “Escribir un cuento”. Una descripción que se ajusta perfecto a la sensación que provoca leer la obra de Alice Munro, la más reciente integrante del club del Premio Nobel de Literatura.
     La obra de la canadiense no era muy leída antes de ganar el máximo galardón de las letras, un hecho que se debe a que en estos tiempos las editoriales apuestan por la publicación de novelas, dejando en un segundo plano a la narrativa breve. Al respecto, la propia Muro señaló, en una entrevista para una televisora canadiense, que el Nobel podría “hacer ver a la gente que el cuento corto es un arte importante, no algo con lo que uno juega hasta tener una novela escrita”.
     En México, algunos de los títulos de la canadiense que puede encontrar el lector, editados por Penguin Random House, son: “La Vida de las Mujeres”, “Demasiada Felicidad” y “Amistad de Juventud”.
     Hace unos días leí con detenimiento “Las Lunas de Jupiter” y “Mi Vida Querida”, este último contiene cuatro textos autobiográficos escritos con la maestría de Munro, pero revestidos de emociones profundas.
     La autora comparte las sensaciones de su infancia, en las que se mezclan la extrañeza y el dolor ante los cambios y la muerte. También, en los apartados “Voces” y “Vida Querida” —que le da título al libro— tenemos un atisbo a la vida de una joven Alice, que vive en una casa aislada del pueblo, en pleno campo, y que narra, a través de una mirada prístina, sus andanzas en el bachillerato, las tareas domésticas, el fracaso del negocio paterno, la aparición temprana del Parkinson de su madre. “en casa no cundió el desconsuelo más que de costumbre”, señala la autora con ese estilo en el que la narración se hilvana con frases cortas y contundentes.
     Munro escribe del tiempo en que había cines en todos los pueblos; de los noviazgos cortos destinados al naufragio; de los viejos que ven cerca, muy cerca, un destino inefable; de las casas aisladas en la que habitan ermitaños, solitarios, perdedores, gente que decidió bajarse del tren de la vida para verla pasar.
     No hay mucho drama en los cuentos que conforman “Mi Vida Querida” y “Las Lunas de Júpiter”. No es que la escritora nos entregue fuertes escenas de llanto o de una emoción extrema que reflejen el desaliento de algunos de sus protagonistas. La cercanía que surge entre lector y los personajes se logra a través de los diálogos o de una línea breve y contundente, capaz de conmovernos.
     “Lo que sienten no es terror ni agradecimiento, todavía no. Lo que sienten es perplejidad”, describe en el cuento “Cena del Día del Trabajo".


“Las Lunas de Júpiter” presenta una serie de relatos — “Historias Desafortunadas, , “Accidentes”, “Prue”, Visitas”, etcétera— que se erigen sobre vidas ordinarias, y se construyen con detalles minuciosos, labrados con precisión demoledora. Personajes que recorren calles y caminos de Canadá, pero que nos dan la sensación de que habitan en nuestro vecindario, de que podríamos topamos con ellos a la vuelta de la equina, que los rozamos en la parada del camión, que los escuchamos en el supermercado o hablando solos en la oficina de la lado. Hombres y mujeres que nos hablan de las transformaciones, del paso del tiempo, de los deseos no cumplidos y del resentimiento que guardamos dentro, en una suerte de caja de seguridad cuya cerradura se avería cuando hemos dejado atrás la juventud y sus sueños disparatados.
     “No debes dar al lector ninguna oportunidad de recuperarse: tienes que mantenerlo siempre en suspenso”, solía aconsejar el escritor ruso Anton Chéjov. Y Alice Munro, la “Chéjov canadiense”, no da tregua en sus relatos y nos deja este espejo de letras, insinuando que ahí, entre las páginas, hemos atisbado un fragmento de nuestra propia existencia.

viernes, 21 de marzo de 2014

Consejos


Cuando era niña mi padre con voz seria
la de las circunstancias importantes, me llamó.
Escucha con atención, dijo, mirándome a los ojos
tengo tres consejos que darte:
No hables con hombres extraños.
No camines por calles oscuras.
No entregues el corazón.

Recuerdo que solía jugar en el parque
mi respiración se detenía con ver, a unos metros
el rostro adusto de un hombre
la alarma aumentaba cuando éste sonreía.
Sin dejar de mirarlo, me retiraba paso a pasito
sintiendo en la espalda un escalofrío nervioso.
Pero a la vuelta de los años,
sin apenas darme cuenta
los hombres dejaron de parecerme seres oscuros,
insondables, tal vez malvados.
En su interior había un misterio que deseaba resolver.
Y cayó en el olvido el primer consejo de mi padre.

Las calles sombrías, por otro lado,
siempre me provocaron un temor reverencial.
primero, cuando las fui recorriendo a solas
había en los paseos de la adolescencia
un sabor a triunfo, a libertad, a valentía.
Pero al correr de los años las calles se volvieron frías
peligrosas.
Los muertos comenzaron a aparecer en las esquinas
un chelista fue apuñalado al romper el alba
llenándonos el alma de un horror triste.
Sitios completos de mi ciudad quedaron huérfanos
sólo visitados a través de las pantallas de la televisión
de los relatos sórdidos de nota roja.
Olvidamos el sabor que produce el amanecer
cuando te atrapa como ave de presa.
Las casas se volvieron fortalezas
la gente se encerró tras sus muros
las calles abrían sus fauces.
A mi pesar, seguí el segundo consejo de mi padre.

Con el corazón no fue tan sencillo.
Solía entregarlo con gusto a las mariposas brillantes
a los perros callejeros,
a los perdedores, a los soñadores,
a los protagonistas de los libros.
Después llegaron los amigos
y los hombres extraños
a los que no debía dirigir palabra alguna.
Poco a poco, sin medir las consecuencias,
olvidé que no debía entregar el corazón.
Ahora no hay marcha atrás y es duro,
y bello, e insalvable.

Veo a mi hija jugar en el parque
cómo escucha el canto de los vencejos
cómo mira con desconfianza a jardineros y choferes.
Cuando se acerca a consolar a un niño pequeño
que lloriquea tras caerse del columpio
sé que ha llegado el tiempo.
Hija, escucha los consejos de mi padre:
No hables con hombres extraños
no camines por calles oscuras
no entregues el corazón.

miércoles, 5 de marzo de 2014

Miércoles de ceniza


I
Porque no espero volver
Porque no espero
Porque espero volver
Deseoso del don de éste y de la visión de aquél
Ya no me esfuerzo más por esforzarme por cosas semejantes
(¿Por qué debiera desplegar las alas el águila ya vieja?)
¿Por qué debiera lamentarme yo
Por el poder perdido del reino acostumbrado?

Porque no espero conocer jamás
La endeble gloria de la hora positiva,
Porque pienso que no
Porque conozco que no he de conocer
El único real de los poderes transitorios
Porque no he de beber
Allí, donde los árboles florecen, y los manantiales fluyen, pues –de nuevo– no hay nada

Porque yo sé que el tiempo es siempre tiempo
Y que el espacio es siempre sólo espacio
Y que es actual lo actual sólo en un tiempo
Y sólo en un espacio
Me alegra que las cosas sean tal como son y
Renuncio al rostro bienaventurado
Y renuncio a la voz
Porque no he de esperar ya retornar jamás
Me alegro en consecuencia, al tener que construir algo
De qué alegrarme.

Y ruego a Dios se apiade de nosotros
Y le ruego que yo pueda olvidarme
De aquellas cosas que conmigo mismo discuto demasiado
Explico demasiado
Porque no espero retornar jamás
Deja que estas palabras respondan
Por lo que se ha hecho, para no volver a hacerse
Que el juicio no nos sea demasiado gravoso

Porque estas alas ya no son alas para volar
Sino sólo abanicos que baten en el aire
El aire que ahora es terriblemente angosto y seco
Más angosto y más seco que la voluntad
Enséñanos a preocuparnos y no preocuparnos
Enséñanos a quedarnos sentados quietos.

Ruega por nosotros pecadores ahora y en la hora de
nuestra muerte
Ruega por nosotros ahora y en la hora de nuestra muerte.

T.S. Eliot (Traducción de Ezequiel Zaidenwerg)