lunes, 9 de diciembre de 2013

El patio de la infancia


Recuerdo los viejos días
el patio de baldosas amarillas seguía vivo
tú tenías doce
trece
quince años.
Ahora es difícil recordarlo
la memoria tiene sus trucos.

Una vez
sola una
saltamos la verja del patio
nuestras miradas se encontraron
cómo nos asustamos
al ver la cara de la otra
roja, sudorosa por el esfuerzo.
Éramos felices
nosotras
un montón de chicas.

Me asombra que tanta risa tuviera espacio
que se multiplicaran los rostros
ahítos de esperanza
tantos como baldosas amarillas
tenía aquel patio.
Tú y yo
sentadas en una banca de cemento
ignorantes de que el tiempo corre rápido
de que la vida pasa por encima
sin fanfarrias ni avisos.
Muchas no lo recuerdan
no existe un calendario fiel
nadie puede medir el tiempo
en números y cruces rojas.

Miro las fotos que guarda mi madre
las que no necesitan flashdrives
sino tinta y mucha suerte
los rostros felices me hacen preguntas
y no dudo
celebré los requiebros del deseo
el éxtasis de los sentidos
la ternura
arriesgué todo a pesar de los pronósticos.
Runas de cobre
esas baldosas siguen
multiplicándose en el patio.

viernes, 22 de noviembre de 2013

Un poema



¡Qué jóvenes llegamos aquí, a la isla despoblada, al fin
del mundo, cerca del sueño y lejos de la tierra!
cuando se alejó el último de nuestros amigos,
fuimos viniendo poco a poco, arrastrando la perpetua herida.


Miramos con los ojos vacíos; desbaratado el paso,
cada cual emprende en soledad el mismo camino;
y sentimos enfermo nuestro cuerpo, su peso como de otro,
y, ahogada en la distancia, de nuestra voz nos llega sólo un eco.


Pasa la vida, sirena más allá del horizonte,
pero la muerte, la muerte cotidiana, con su bilis
será cuanto la vida nos traiga, aunque sonría
el rayo del sol, y aunque las auras soplen. Y somos jóvenes,


muy jóvenes; y aquí una noche nos dejó, sobre una roca,
el barco que ahora se pierde en el corazón del infinito,
se pierde y nos preguntamos qué tenemos, qué tengo,
cuando nos consumimos todos, y así de jóvenes nos vamos, apenas unos niños.

Kostas Karyotakis  
(Traducción Juan Manuel Macías)

sábado, 5 de octubre de 2013

En el otoño



Este es el tiempo
ahora es cuando necesitamos los sortilegios,
los abrazos, el brillo de las sonrisas al sol.

El otoño llegó antes
y con él las almas revueltas, las nostalgias,
la memoria que cava hondo en busca de ternezas olvidadas.

Las calles vacías me hablan de la ausencia
de los cuerpos que amamos y se han ido
de las cenizas fervorosas que esparcimos al viento.

El estupor sigue aquí
a pesar de las cantaletas de los burócratas de oficio.
Las hojas de los árboles continúan su vaivén mortecino.
Ellas, al igual que yo, saben que no hay memoria
o sueño, o magia bien lograda, que pueda traerte de regreso.

lunes, 2 de septiembre de 2013

Poema de Navidad


Para eso fuimos hechos
Para recordar y ser recordados
Para llorar y hacer llorar
Para enterrar a nuestros muertos
Por eso tenemos largos brazos para los adioses
Manos para coger lo que nos fue dado
Dedos para cavar la tierra.


Así será nuestra vida:
Una tarde siempre para olvidar,
Una estrella apagándose en la oscuridad
Un camino entre dos sepulturas
Por eso necesitamos velar
Hablar bajo, pisar leve, ver
La  noche dormir en silencio.


No hay mucho que decir:
Una canción sobre una cuna
Un verso, quizá, de amor
Una oración para quien se va
Pero que no olvide esa hora
Y que por ella nuestros corazones
Se abandonen, graves y simples.

Vinicius de Moraes (traducción de José Javier Villarreal)

lunes, 26 de agosto de 2013

La verdad se impone



Como no soy honesta en persona
Busco ser honesta en la poesía.
Si hablo contigo, mirándote a los ojos,
Miento porque no tolero
Evidenciar la verdad.
Decir toda la verdad
sería como quedar desnuda.
Perdería mis más preciados bienes:
distancia, silencio, intimidad.
Quedaría expuesta. Y me poseerías.
Equivaldría a una total rendición
(a ti, mirándote a los ojos).
Me mirarías detenidamente.
Me tendrías en tus manos.
Todos tus ojos se me echarían encima.
De ahí en adelante me vestirían
Tus punzantes, lascivas, deseosas abejas.
Que seas uno o dos o muchos
da igual. Siento como si, en realidad,
un par de ojos fuera el enjambre entero.
Así que miento (mirando tus ojos)
dejando sin voz la esencia de las cosas
o bien mostrándome como una copia
y no lo que soy.

Uno debe ser honesto en algún lugar.
Quiero serlo en la poesía.
Con la palabra escrita.
Donde pueda escribir y tachar
y volver a decir y decir con rodeos
y decir por encima de y decir entre líneas
y decir en símbolos, en enigmas,
en doble sentido, bajo las máscaras
de cada rasgo, en la piel
de toda criatura.
Y en mi propia piel, desnuda.
De hecho me siento feliz de anhelar
desnudarme en la poesía,
imponer la verdad
en el poema,
que, al escribirlo, si es real,
no copia, me diga
y después a ti (todo o nada, mirándonos)
mi entero yo, la verdad.



May Swenson (traducción Jeannette L. Clariond)

lunes, 12 de agosto de 2013

Una rebanada de pastel de boda

¿Por qué tantas jóvenes bellas y talentosas
se casan con hombres imposibles?
Descartemos, nueve veces de diez, el simple autosacrificio
y los esfuerzos misioneros.

Repitamos "hombres imposibles": no tan sólo rústicos,
coléricos o depravados
(contrastes dramáticos elegidos para mostrar al mundo
qué bien se portan las mujeres, y siempre se han portado).

Hombres imposibles: perezosos, incultos,
autocompasivos, sucios, solapados,
por cuya apariencia aun en los parques de la ciudad
se ofrecen disculpas a transeúntes ocasionales.

¿Ha caído, de hecho, tan bajo la reserva que Dios tiene
de esposos tolerables?
¿O siempre exagero el valor de la mujer
a expensas del hombre?
¿Es así?
Podría ser.
Robert Graves (traducción Argentina Rodríguez)

sábado, 10 de agosto de 2013

Infinita tristeza

Era canción de lágrimas, de abandono, de soledad, de muerte”
Leopoldo Alas Clarín

La vida suele medirse por momentos dichosos. Nacimientos, bodas, éxitos laborales saltan prontos en las conversaciones de sobremesa, en las reuniones de amigos, en las fiestas familiares. Sin embargo, para muchos la tristeza es la encargada de marcar los días del calendario, es la vuelta de tuerca que cambia la existencia indefectiblemente.
Aunque sean la melancolía o la nostalgia, esas pequeñas y dulces hermanas menores de la desdicha, las que invadan de pronto nuestros pensamientos, pocos pueden afirmar que jamás han sentido ese dolor punzante capaz de nublar la vista.
Un día, mientras paseaban alegres por las bulliciosas calles de Nueva Orleans, los escritores Augusto Monterroso y Bárbara Jacobs fueron asaltados por una ocurrencia, paradójicamente, luminosa: elaborar una antología del cuento triste. La idea no era nueva, ya otros autores habían vaciado sus inclinaciones literarias en recopilaciones célebres. Este es el caso de la Antología de la Literatura Fantástica realizada por Jorge Luis Borges, Adolfo Bioy Casares y Silvina Ocampo, bajo el auspicio de la Editorial Sudamericana; o los Cuentos Fantásticos del Siglo XIX, una publicación en dos tomos supervisada por Ítalo Calvino.
Sin embargo, el ejercicio que se plantearon Monterroso y Jacobs, también sobre reunir cuentos, toca una vena más sensible, la “saudade” literaria. Como a estos dos escritores, a muchos se les viene a la mente la imagen de Pedro Páramo vagando por un caserío desolado, llamando a una esquiva Susana San Juan; de Olga Ivanova, convulsionando por los sollozos, arrepentida por haber provocado la muerte de el único hombre que en verdad la había querido; del pequeño señor Friedemann, que tarde advierte la futilidad del amor.
Son 25 cuentos los que componen la Antología del Cuento Triste (Alfaguara, 1997) de Monterroso y Jacobs. Tan diversos como sus historias, los autores que aparecen a lo largo de 422 páginas abarcan cien años de literatura.
El libro abre con una magistral historia de Herman Melville, Bartleby el Escribiente, que describe a un sombrío funcionario público “propenso a una pálida desesperanza”, un ente sombrío que puede hallarse, aún en nuestros días, en algún oscuro rincón de una oficina gubernamental.
A este relato del autor de Moby Dick le siguen Un Alma de Dios de Gustave Flaubert, Tobías Mindernicket de Thomas Mann, Una Nubecilla, de James Joyce y Una Rosa para Emily de William Faulkner, por citar algunos.
¡Adiós, ‘Cordera’!, escrito por Leopoldo Alas Clarín, es uno de los cuentos entrañables de esta antología. Dos hermanos gemelos, Rosa y Pinín, ven su infancia a través de los ojos húmedos de “Cordera”, “la vaca abuela, grande, amarillenta, cuyo testuz perecía una cuna”.
El hambre, la pobreza, el frío, toda la amargura que “Cordera” había ahuyentado con su fiel compañía, aparecen de pronto cuando la familia se ve necesitada de dinero. El tren es el hado funesto de estos chiquillos, que no sólo observan cómo su querida compañera los abandona mientras la máquina silba impasible, también crecen para ver cómo la vida los aleja inexorablemente, dejando a las vías como mudos testigos de la despedida.
Monterroso también aparece en esta antología de desencuentros, amargura y desesperanza. Su texto, Homenaje a Masoch habla de un hombre que describe los pequeños placeres que conlleva el primer divorcio: escuchar la Tercera Sinfonía de Brahms, dirigida por Félix Weingartner, y leer el capítulo tres del Epílogo de Los Hermanos Karamazov, de Fiodor Dostoievski.
Y es que la tristeza también puede paladearse, más si ésta proviene del maestro ruso y de su universo de almas torturadas. Lecturas que, como describe Monterroso, te empujan a ir a la cama “para ya en ella hundir minuciosamente la cabeza en la almohada y sollozar y llorar amargamente una vez más por Mitya, por Ilucha, por Aliocha, por Kolya”, por la humanidad entera.