lunes, 2 de septiembre de 2013

Poema de Navidad


Para eso fuimos hechos
Para recordar y ser recordados
Para llorar y hacer llorar
Para enterrar a nuestros muertos
Por eso tenemos largos brazos para los adioses
Manos para coger lo que nos fue dado
Dedos para cavar la tierra.


Así será nuestra vida:
Una tarde siempre para olvidar,
Una estrella apagándose en la oscuridad
Un camino entre dos sepulturas
Por eso necesitamos velar
Hablar bajo, pisar leve, ver
La  noche dormir en silencio.


No hay mucho que decir:
Una canción sobre una cuna
Un verso, quizá, de amor
Una oración para quien se va
Pero que no olvide esa hora
Y que por ella nuestros corazones
Se abandonen, graves y simples.

Vinicius de Moraes (traducción de José Javier Villarreal)

lunes, 26 de agosto de 2013

La verdad se impone



Como no soy honesta en persona
Busco ser honesta en la poesía.
Si hablo contigo, mirándote a los ojos,
Miento porque no tolero
Evidenciar la verdad.
Decir toda la verdad
sería como quedar desnuda.
Perdería mis más preciados bienes:
distancia, silencio, intimidad.
Quedaría expuesta. Y me poseerías.
Equivaldría a una total rendición
(a ti, mirándote a los ojos).
Me mirarías detenidamente.
Me tendrías en tus manos.
Todos tus ojos se me echarían encima.
De ahí en adelante me vestirían
Tus punzantes, lascivas, deseosas abejas.
Que seas uno o dos o muchos
da igual. Siento como si, en realidad,
un par de ojos fuera el enjambre entero.
Así que miento (mirando tus ojos)
dejando sin voz la esencia de las cosas
o bien mostrándome como una copia
y no lo que soy.

Uno debe ser honesto en algún lugar.
Quiero serlo en la poesía.
Con la palabra escrita.
Donde pueda escribir y tachar
y volver a decir y decir con rodeos
y decir por encima de y decir entre líneas
y decir en símbolos, en enigmas,
en doble sentido, bajo las máscaras
de cada rasgo, en la piel
de toda criatura.
Y en mi propia piel, desnuda.
De hecho me siento feliz de anhelar
desnudarme en la poesía,
imponer la verdad
en el poema,
que, al escribirlo, si es real,
no copia, me diga
y después a ti (todo o nada, mirándonos)
mi entero yo, la verdad.



May Swenson (traducción Jeannette L. Clariond)

lunes, 12 de agosto de 2013

Una rebanada de pastel de boda

¿Por qué tantas jóvenes bellas y talentosas
se casan con hombres imposibles?
Descartemos, nueve veces de diez, el simple autosacrificio
y los esfuerzos misioneros.

Repitamos "hombres imposibles": no tan sólo rústicos,
coléricos o depravados
(contrastes dramáticos elegidos para mostrar al mundo
qué bien se portan las mujeres, y siempre se han portado).

Hombres imposibles: perezosos, incultos,
autocompasivos, sucios, solapados,
por cuya apariencia aun en los parques de la ciudad
se ofrecen disculpas a transeúntes ocasionales.

¿Ha caído, de hecho, tan bajo la reserva que Dios tiene
de esposos tolerables?
¿O siempre exagero el valor de la mujer
a expensas del hombre?
¿Es así?
Podría ser.
Robert Graves (traducción Argentina Rodríguez)

sábado, 10 de agosto de 2013

Infinita tristeza

Era canción de lágrimas, de abandono, de soledad, de muerte”
Leopoldo Alas Clarín

La vida suele medirse por momentos dichosos. Nacimientos, bodas, éxitos laborales saltan prontos en las conversaciones de sobremesa, en las reuniones de amigos, en las fiestas familiares. Sin embargo, para muchos la tristeza es la encargada de marcar los días del calendario, es la vuelta de tuerca que cambia la existencia indefectiblemente.
Aunque sean la melancolía o la nostalgia, esas pequeñas y dulces hermanas menores de la desdicha, las que invadan de pronto nuestros pensamientos, pocos pueden afirmar que jamás han sentido ese dolor punzante capaz de nublar la vista.
Un día, mientras paseaban alegres por las bulliciosas calles de Nueva Orleans, los escritores Augusto Monterroso y Bárbara Jacobs fueron asaltados por una ocurrencia, paradójicamente, luminosa: elaborar una antología del cuento triste. La idea no era nueva, ya otros autores habían vaciado sus inclinaciones literarias en recopilaciones célebres. Este es el caso de la Antología de la Literatura Fantástica realizada por Jorge Luis Borges, Adolfo Bioy Casares y Silvina Ocampo, bajo el auspicio de la Editorial Sudamericana; o los Cuentos Fantásticos del Siglo XIX, una publicación en dos tomos supervisada por Ítalo Calvino.
Sin embargo, el ejercicio que se plantearon Monterroso y Jacobs, también sobre reunir cuentos, toca una vena más sensible, la “saudade” literaria. Como a estos dos escritores, a muchos se les viene a la mente la imagen de Pedro Páramo vagando por un caserío desolado, llamando a una esquiva Susana San Juan; de Olga Ivanova, convulsionando por los sollozos, arrepentida por haber provocado la muerte de el único hombre que en verdad la había querido; del pequeño señor Friedemann, que tarde advierte la futilidad del amor.
Son 25 cuentos los que componen la Antología del Cuento Triste (Alfaguara, 1997) de Monterroso y Jacobs. Tan diversos como sus historias, los autores que aparecen a lo largo de 422 páginas abarcan cien años de literatura.
El libro abre con una magistral historia de Herman Melville, Bartleby el Escribiente, que describe a un sombrío funcionario público “propenso a una pálida desesperanza”, un ente sombrío que puede hallarse, aún en nuestros días, en algún oscuro rincón de una oficina gubernamental.
A este relato del autor de Moby Dick le siguen Un Alma de Dios de Gustave Flaubert, Tobías Mindernicket de Thomas Mann, Una Nubecilla, de James Joyce y Una Rosa para Emily de William Faulkner, por citar algunos.
¡Adiós, ‘Cordera’!, escrito por Leopoldo Alas Clarín, es uno de los cuentos entrañables de esta antología. Dos hermanos gemelos, Rosa y Pinín, ven su infancia a través de los ojos húmedos de “Cordera”, “la vaca abuela, grande, amarillenta, cuyo testuz perecía una cuna”.
El hambre, la pobreza, el frío, toda la amargura que “Cordera” había ahuyentado con su fiel compañía, aparecen de pronto cuando la familia se ve necesitada de dinero. El tren es el hado funesto de estos chiquillos, que no sólo observan cómo su querida compañera los abandona mientras la máquina silba impasible, también crecen para ver cómo la vida los aleja inexorablemente, dejando a las vías como mudos testigos de la despedida.
Monterroso también aparece en esta antología de desencuentros, amargura y desesperanza. Su texto, Homenaje a Masoch habla de un hombre que describe los pequeños placeres que conlleva el primer divorcio: escuchar la Tercera Sinfonía de Brahms, dirigida por Félix Weingartner, y leer el capítulo tres del Epílogo de Los Hermanos Karamazov, de Fiodor Dostoievski.
Y es que la tristeza también puede paladearse, más si ésta proviene del maestro ruso y de su universo de almas torturadas. Lecturas que, como describe Monterroso, te empujan a ir a la cama “para ya en ella hundir minuciosamente la cabeza en la almohada y sollozar y llorar amargamente una vez más por Mitya, por Ilucha, por Aliocha, por Kolya”, por la humanidad entera.

jueves, 25 de julio de 2013

Barrio recuperado

Ya nadie ve la hermosura de las calles, escribió el argentino Jorge Luis Borges al referirse al barrio, a ese trozo de ciudad que guarda las costumbres y las historias de antaño.

No hay que esperar a que se derrumbe el cielo, como prosigue el poeta, para valorar esas viejas baldosas que pisaron nuestros padres cuando eran unos chiquillos que corrían desaforados en pos de una pelota.

Valdría la pena tomarnos una tarde, un día o una semana sabática, para apreciar el sabor del pan que se hornea en las panaderías del Centro Histórico de Saltillo, para husmear entre los cachivaches de los bazares de antigüedades, en busca de una lámpara como las que usaba el abuelo para leer el periódico.

En el barrio se tejen historias, como los sarapes que se niegan a desaparecer gracias a los artesanos que se forjan en la Escuela La Favorita, o los relatos que viven en los objetos que resguarda en una entrañable exposición en el Centro Cultural Casa La Besana.

Fue en Bravo donde Mario Herrera resguardó pinturas, bocetos y dibujos de su padre, el pintor Rubén Herrera, cuando decidió, a los 10 años de edad, que esa obra debía quedarse en su ciudad natal. Y es en estas calles que se cazan fantasmas en viejas casonas o, por el contrario, se intercambian risas, música y arte en bares que convierten la noche en una fiesta.

El corazón de la ciudad late en sus barrios, por eso, a la manera de Borges, hay que echarnos a caminar por las calles “como por una recuperada heredad”, que promete, tras cristales y puertas, las generosidades de esas historias de amor, de soledad, de felicidad y de esperanza que todos compartimos.


*Un texto a propósito del 436 aniversario de Saltillo, que abre el suplemento de aniversario publicado por Zócalo.

miércoles, 17 de julio de 2013

En la sombra de las cosas



Yo prefiero quedar en la penumbra;
quedarme en el secreto de las cosas.


Me gusta introducirme en las criaturas.
Errar como una idea.
Extraño como el arte.
Anónimo,
incierto
y olvidado.

 

Naciendo, nuevamente,
en cada día.



Adonis (versión de Pedro Martínez Montávez)

lunes, 1 de julio de 2013

POEMA

Cierra los ojos me dice mi corazón,
Olvida las Bestias y los Ángeles:
¿Sientes tu presencia temblar 
Y tu carne no ser la misma?
-Abre los brazos, me dice mi corazón,
Y que tus manos en el espacio
Adivinen, toquen, apresen,
Empuñen, palpen, acaricien
Como una lira, como una urna.

Paul Valéry (Traducción de Salvador Elizondo)