domingo, 18 de noviembre de 2012

Confesiones




Yo te estaba esperando.
Más allá del invierno, en el cincuenta y ocho,
de la letra sin pulso y el verano
de mi primera carta,
por los pasillos lentos y el examen,
a través de los libros, de las tardes de fútbol,
de la flor que no quiso convertirse en almohada,
más allá del muchacho obligado a la luna,
por debajo de todo lo que amé,
yo te estaba esperando.
Yo te estoy esperando.
Por detrás de las noches y las calles,
de las hojas pisadas
y de las obras públicas
y de los comentarios de la gente,
por encima de todo lo que soy,
de algunos restaurantes a los que ya no vamos,
con más prisa que el tiempo que me huye,
más cerca de la luz y de la tierra,
yo te estoy esperando.
Y seguiré esperando.
Como los amarillos del otoño,
todavía palabra de amor ante el silencio,
cuando la piel se apague,
cuando el amor se abrace con la muerte
y se pongan más serias nuestras fotografías,
sobre el acantilado del recuerdo,
después que mi memoria se convierta en arena,
por detrás de la última mentira,
yo seguiré esperando.

Luis García Montero

martes, 30 de octubre de 2012

Hay racimos de soledad en tus manos...



Hay racimos de soledad en tus manos, desposesiones más antiguas
que la sangre.

Huyen los años de tus ojos como bandadas de cometas por las plazas maduras.

(Sólo quedan los bueyes rumiando su tristeza.)

Has conocido, entre gavillas de silencio, el sabor amarillo de mis pasos,

el humo indescifrable de las brasas sin tiempo.

Nunca mi lejanía se amasó con barro, pero puse en tu boca las yemas más

quemadas y los besos más lentos. Nunca mi lejanía se espesó hasta tu cuerpo.

Como una fuente vieja, azul desde su olvido, arrinconaste el miedo

en arcas inviolables.

Ni siquiera el dolor estalla entre tus labios. Ni siquiera la antigua,

la salada tristeza de mis besos.

Julio Llamazares

viernes, 12 de octubre de 2012

Y van a decir que canto


Y van a decir que canto
desde la vanidad (o la ignorancia).
Ya no me importa, ratas,
lo que digan (aunque duela)
ahora que he perdido el respeto
de mis hijos, mi jardín,
mis animales (el perrito y la calandria)
por ocultar mis gracias de la envidia.
Ahora que corté mi cabello, cubrí
mis piernas de cobre con ceniza.
Les voy a recordar que yo medía
diez centímetros más que mis iguales,
y era sabia y bella y bondadosa.
Y a pesar de estos vestidos
baratos y sintéticos
(que casi nunca lavo) les recuerdo
mis bellos camisones
de algodón ovillado, mis sedas
que guardo entre frazadas
repletas de alcanfor, para la pena,
el goce, el desperdicio
(y la envidia otra vez).

Antonio Cisneros

sábado, 25 de agosto de 2012

En el camino


Han pasado diez años y es un día de invierno.
Tú caminas por las avellanedas.
y vas junto a esos sauces amarillos que avanzan
por los ríos con luna.

No será como ahora, no tendrás veinte años;
la nieve irá acercándose a tu casa
y el aire verde moverá en tus ojos
sus bosques de cristal y de silencio.

Recuérdalo, hubo un río.
                                                    Los árboles vivían
en el imán del agua.
Por la noche, escuchábamos gotear en las sombras
la canción de los búhos.

Y, luego, la corriente se llevó nuestras caras.
No sabemos a dónde. No sabemos por qué.

Aún estamos aquí.
                                      Pero, de pronto,
han pasado diez años
y tú y yo somos dos desconocidos.

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El viajero

                                                               Para Javier Egea

Te acompañaban siempre los violines.
Tus poemas estaban en ti como los peces
en el fondo de un río.

Eso es lo que vi en ti:
peces en el desierto,
música amenazada.
Te vi hacer bosques y subir montañas,
te vi cavar abismos con tus manos.
No supe dónde ibas.

Te vi buscar la sombra entre la luz,
te vi buscar la muerte entre la vida,
y no pude entenderte.

Yo no sé qué has ganado, pero sé qué has perdido:
tu música,
                      tus peces,
                                            tus montañas azules.

No puede ser feliz quien entierra un tesoro.
No puede ser feliz
quien envenena el agua de su vida.

Benjamín Prado

jueves, 2 de agosto de 2012

Vouyerismo literario


Para algunos el escritor norteamericano Raymond Carver es un narrador de segunda que puede ofrecer poco en comparación con autores como Truman Capote, Philiph Roth o Norman Mailer, por citar algunas de las estrellas que forman parte de la constelación literaria norteamericana. Sin embargo, tras su prosa directa y alejada de abalorios verbales, se esconde una descripción descarnada de los personajes que pululan detrás de las pulcras fachadas de las casas suburbanas o entre las sombras mortecinas de los callejones.
Catalogado como miembro del “realismo sucio” –un término que desagrada a muchos de sus seguidores–, junto a Richard Ford, Tobias Wolff y Charles Bukowsky, Carver pertenece a un grupo de narradores nacidos entre 1920 y 1945.
Otra etiqueta lo considera “el padre del minimalismo literario estadounidense”, pero la narrativa no fue su único motivo de inspiración, también escribió poesía y al momento de su muerte, a los 50 años edad, ya era un afamado escritor, lo que para sus detractores significa que era un “autor de moda”.
Hijo de un padre alcohólico que trabajaba en un aserradero y una madre camarera, Carver tuvo contacto con varios de los personajes que protagonizarían sus futuros escritos, que tuvieron cabida en publicaciones como el New Yorker y Esquire. Él mismo fue alcohólico y al hombre de esa etapa solía llamarlo “Raymond el malo”,  pero alentado por su segunda esposa y editora, la poeta Tess Gallagher, permaneció sobrio los últimos 10 años de su vida.
Algunos de los títulos del norteamericano, que en español son editados por Anagrama, son Si me Necesitas Llámame, Short Cuts, Tres Rosas Amarillas, De qué Hablamos Cuando Hablamos de Amor y ¿Quieres hacer el favor de callarte, por favor?
Uno de los libros fundamentales de este autor es Catedral (Anagrama, 2002). En 205 páginas Carver hilvana una serie de historias cortas que provocan al lector la sensación de ser un vouyerista que se asoma, durante brevísimos instantes, a un momento trascendental de otro ser humano.
Catedral presenta una serie de relatos que se erigen sobre vidas ordinarias y se construyen con detalles minuciosos, labrados con precisión demoledora. Personajes con los que nos topamos todos los días, que rozamos en la parada del camión, escuchamos en el supermercado o hemos visto trabajando en algún cubículo cercano.
Empleados, amas de casa, desamparados, perdedores, todos cargando su humanidad a cuestas. Y Carver no sólo describe a estos seres ordinarios, los exhibe bajo una luz potente, que no permite que se esconda defecto alguno.
Plumas, Vitaminas, El Tren y Catedral, que le da título al libro, son algunos de los textos que llaman poderosamente la atención. Y es que atrás de una prosa sencilla, de oraciones cortas y certeras –a la que algunos tildan de fácil y sobrevalorada–, se esconde la observación aguda, maximizada por la capacidad microscópica de este autor, al que vale la pena echar un vistazo
Sus relatos tensan los nervios del lector, quien intuye una amenaza que repta desde su escondrijo para mostrarse, en algunas ocasiones aparece totalmente, en otras sólo se asoma como una especie de reto, como insinuando que hemos visto reflejada nuestra propia existencia.




martes, 31 de julio de 2012

Paseo de los tristes


Pero no sobre mí, no sobre ti,
No por encima, enorme, sin tiempo, alucinado,
Si no en la historia triste de los huesos.

Aquí habita el dolor:
Ese salvaje cobrador diario
Que llega, empuja, nos derriba
Y queda.
  

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En la radio dijeron que saliste temprano,
La falda, camisa con dibujo,
El pelo negro y lacio,
La mirada de siempre.

Decían que eras alta y joven, casi triste,
Que ni siquiera hablabas por no perder el paso,
Que te habías marchado de la vida
Por un extraño amor.

Yo sentí como un vómito, pero miré a la calle:
No era posible verte tan sola, tan distante,
Tan desaparecida,
Tan imposiblemente ajena del naufragio.

Sin embargo vinieron,
Vinieron a mi casa a preguntar


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Lo terrible no es la calle sola,
El andén como un reto,
Los trenes que perdimos.

Lo terrible no es ni siquiera el dolor.

Lo que duele terrible y zarandea
es que ya sólo queda
recurrir a la vida por tus ojos
que son una distancia casi absurda,
que son un túnel negro de esperanza.


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Ni la frente en orillas de yerba soñadora
-ya ni siquiera tú como testigo fiel-
Ni el corazón viajero sobre ginebra o mar.

Qué gran error –la trampa- los pensamientos bellos,
Tus ojos, la pasión, aquello de la vida.


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¿Cómo me vas a querer tú a mí
con ese borbotón inevitable de odio
que llevas por las venas?

¿Cómo te voy a querer yo a ti
 con ese borbotón inevitable de odio 
que llevo por las venas?


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                         -a la deriva, amor, a la deriva
                         Miguel Hernández

Ven a ver el amor hecho jirones

Ven a ver el amor:
ese caballo muerto flotando por las venas
a la deriva, amor, a la deriva

Javier Egea

domingo, 29 de julio de 2012

Reflexión, miseria y desencanto


La vida no le mostró su mejor cara a Michael K cuando llegó al mundo en las manos de una partera sudafricana, quien miró con ojos entristecidos su labio leporino. La comadrona le muestra a la madre su hijo y después el sentimiento de culpa le obliga a agregar: “debería alegrarse, traen buena suerte al hogar”.
Pero la fortuna jamás se apareció en la vida de Michael K, ni en la de su madre, Anna K, que ve pasar los años a través del agua turbia de un cubo de agua, la lejía que impregna sus dedos cubiertos de ampollas y las baldosas interminables que limpia todos los días.
En un país dividido por la guerra civil, el racismo y un gobierno restrictivo, Michael K sigue los pasos de su madre y consigue un trabajo anodino en el departamento de Parques y Jardines de Ciudad del Cabo. Apartado por su aspecto y un leve retraso mental que le impidió concluir la educación básica, este hombre que difícilmente levanta la vista y no pronuncia una palabra de más, parece ser un observador ajeno a los acontecimientos que sacuden Sudáfrica.
Vida y Época de Michael K (Mondadori, 2003) le valió a J. M. Coetzee su primer premio Booker Prize y su entrada a las librerías de todo el mundo. El autor nacido en Ciudad del Cabo y cuya obra narrativa lo convirtió en 2003 en Premio Nobel de Literatura, cuestiona en esta novela el régimen del apartheid y revela las entrañas de un sistema que maniata al hombre y lo convierte en una especie de esclavo, en un ser oscuro incapaz de sentir esperanza, deseo y el anhelo de la libertad.
 Con una narrativa austera, pero no por ello menos descarnada, Coetzee retrata el pequeño purgatorio en el que viven madre e hijo. Un día, Anna K enferma y frente a un sistema médico que no le procura alivio, sólo un puñado de pastillas inútiles, suplica que la dejen marcharse, una petición que se pierde entre los lamentos de “decenas de víctimas de puñaladas, palizas y heridas de bala”.
Michael K llega al hospital para recoger a su madre y la zozobra se cierne sobre él al contemplar a esta mujer estoica y trabajadora transformada en una anciana frágil, cuyas piernas no le responden. Al verse enfrentada a la realidad, a “lo indiferente que es el mundo en tiempo de guerra con una anciana que sufría una enfermedad desagradable”, Anna sueña con abandonar esta ciudad sin futuro para regresar al campo apacible de su juventud.
El hombre decide cumplir la última voluntad de su madre, embarcándose en una odisea que lo conducirá no a Prince Albert, el sitio en que nació su madre, sino a un recorrido marcado por la miseria y la desesperanza. Campos de trabajo, hospitales, muerte, robo, extorsión y un entorno adverso que pone de manifiesto lo peor de la raza humana, labrarán en K ese dolor que sólo acompaña a los solitarios, a los desamparados, a los abandonados por el mundo.
Una tierra impredecible, en el que la injusticia se cierne como ave de rapiña impía y feroz, es descrita imprecisa y dura por K. “Tienes trabajo. La vida es difícil en el mundo de ahí afuera, lo has visto, no necesito decírtelo. ¿Para qué quieres unirte a ellos” Le pregunta un centinela al protagonista cuando éste es arrestado y conducido a un campamento de trabajo. K sólo quiere marcharse, regresar a su vida de jardinero y alejarse de los niños que estremecen la noche con su llanto de hambre, de los viejos enfermos, de las enfermeras que sólo recetan brandy y aspirinas.
 “Se parece a una piedra, un guijarro que, tras haber estado tranquilamente en la tierra, ocupándose de sus cosas desde el origen de los tiempos, de repente ahora lo recogen y lo lanzan al azar, pasando de mano en mano”, es la descripción que hace de K uno de sus compañeros de encierro. Como la odisea, Michael K continúa su viaje hacia sí mismo, intentado repeler el odio, la sinrazón y la muerte. Dioses, hombres, esclavos, todos se mezclan en la historia que Coetzee tejió con los hilos de la reflexión y el desencanto.