Mostrando las entradas con la etiqueta España. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta España. Mostrar todas las entradas

jueves, 10 de diciembre de 2015

Nómada


Estoy seguro aunque lo dude a veces
De que hubo despedidas sin tristeza
Partidas que no fueron abandonos
Jornadas sin reproches
No dejes pues viajero
Que vayan a encogerse ahora tus pulmones
Haber vivido siempre en casa ajena
No ser nativo de algún sitio avaro
Te hace nostálgico de cada pasado dado
Pero a la vez es porque para ti
Cualquier camino es siempre tu camino nativo

Tomás Segovia

jueves, 17 de enero de 2013

Las tardes



Ya casi no recuerdo las mañanas,
su tiempo azul y claro,
lejos quedan, perdidas en colegios
o en piscinas extrañas e indolentes.

Porque sentimos duro el despertar
retrasamos ahora
la luz que nos fatiga los despegados ojos.
Y es un destino oscuro el de las tardes,
en ellas aprendí que llegará la noche,
y que es inútil
cualquier esfuerzo por burlar la historia
equivocada y triste de los años.
He vivido en la espera absurda de la vida,
cuando he gozado
ha sido con reservas; amé creyendo en el amor
que habría luego de venir, y que faltó a la cita,
y renuncié al placer por la promesa
de una dicha más alta en el futuro incierto.

Pero los días, al pasar, no son
el generoso rey que cumple su palabra,
sino el ladrón taimado que nos miente.
Con su certeza
nos convierte la edad en más mezquinos,
nos enseña a amar lo que nos duele,
las cosas más pequeñas, aquello que ahora somos
y tenemos: la música suave, nuestros cuerpos,
el calor de la estancia y el cansancio.
Buscamos la derrota de las tardes, su tregua
en la exigencia vana de una gloria
que ya no nos seduce. Nos convierte
la edad en más obscenos, y aceptamos
cualquier regalo aunque parezca pobre:
esa boca gastada por el uso, tan dulce aún,
el fuego antiguo y leve de la carne,
los viejos libros, los amigos justos,
un poema mediocre, pero nuestro,
y la costumbre extraña
de ser al fin felices en la sombra.

Es un destino oscuro el de las tardes,
pero también hermoso
y breve como el paso de los hombres.

Vicente Gallego

viernes, 21 de diciembre de 2012

Con quién haré el amor



En este vaso de ginebra bebo
los tapiados minutos de la noche,
la aridez de la música, y el ácido
deseo de la carne. Sólo existe,
donde el hielo se ausenta, cristalino
licor y miedo de la soledad.
Esta noche no habrá la mercenaria
compañía, ni gestos de aparente
calor en un tibio deseo. Lejos
está mi casa hoy, llegaré a ella
en la desierta luz de madrugada,
desnudaré mi cuerpo, y en las sombras
he de yacer con el estéril tiempo.


Vuelve la hora feliz. Y es que no hay nada
sino la luz que cae en la ciudad
antes de irse la tarde,
el silencio en la casa y, sin pasado
ni tampoco futuro, yo.
Mi carne, que ha vivido en el tiempo
y lo sabe en cenizas, no ha ardido aún
hasta la consunción de la propia ceniza,
y estoy en paz con todo lo que olvido
y agradezco olvidar.
En paz también con todo lo que amé
y que quiero olvidado.


Volvió la hora feliz.
Que arribe al menos
al puerto iluminado de la noche. 


Francisco Brines

miércoles, 12 de diciembre de 2012

Retornos del otoño


Nos dicen: Sed alegres.
Que no escuchen los hombres rodar en vuestros cantos
ni el más leve ruido de una lágrima.
Está bien. Yo quisiera, diariamente lo quiero,
mas hay horas, hay días, hasta meses y años
en que se carga el alma de una justa tristeza
y por tantos motivos que luchan silenciosos
rompe a llorar, abiertas las llaves de los ríos.

Miro el otoño, escucho sus aguas melancólicas
de dobladas umbrías que pronto van a irse.
Me miro a mí, me escucho esta mañana
y perdido ese miedo
que me atenaza a veces hasta dejarme mudo,
me repito: Confiesa
grita valientemente que quisieras morirte.

Di también: Tienes frío.
Di también: Estás solo, aunque otros te acompañen.
¿Qué sería de ti si al cabo no volvieras?
Tus amigos, tu niña, tu mujer, todos esos
que parecen quererte de verdad, ¿qué dirían?

Sonreíd. Sed alegres. Cantad la vida nueva.
Pero yo sin vivirla, ¡cuántas veces la canto!
¡Cuántas veces animo ciegamente a los tristes,
diciéndoles: Sed fuertes, porque vuestra es el alba!

Perdonadme que hoy sienta pena y la diga.
No me culpéis. Ha sido
la vuelta del otoño.

Rafael Alberti

viernes, 23 de diciembre de 2011

Juan Ramón Jiménez: Aliento lírico


-->
Yo he sido, soy y quiero ser hasta mi final, un hombre libre”, sostenía Juan Ramón Jiménez. Libertad que se tradujo en versos, en poemas, en imágenes precisas y exactas que seducen a los lectores que se adentran en la obra del escritor.

Hace 130 años nació el máximo exponente del modernismo lírico español en Moguer, un pequeño pueblo situado en la provincia de Huelva, España. La poesía llegó pronto a la vida del andaluz, quien fue educado en una familia acomodada en donde no faltaban los libros y el tiempo de ocio para dedicarlo a los juegos, a la ensoñación, a contemplar el campo que lo rodeaba todo: “Los árboles deslumbrantes/ del otoño por la tarde, / en estos parajes limpios/ del campo...”.

A los 15 años un joven Juan Ramón escribía sus primeros poemas. Ya entonces buscaba la belleza, la justicia, la línea exacta que lo alejara de aquello que le era ajeno y repulsivo: la fealdad, la violencia, la injusticia. “Dónde está la palabra, corazón,/ que embellezca de amor al mundo feo;/ que le dé para siempre -y sólo ya- / fortaleza de niño/ y defensa de rosa”.

El fallecimiento de su padre, cuando Jiménez tenía apenas 19 años, marcó profundamente su espíritu. El joven tuvo que ingresar a un sanatorio psiquiátrico en Francia. La muerte se convirtió en un tema que, si bien le provocaba profundo desasosiego, aparece con frecuencia en su obra: “¿Porqué he de ser más osado/ para el vivir exterior/ que para el hondo morir?”.

El escritor fue un poeta de múltiples voces. Sin duda “Platero y Yo” es uno de sus libros más populares, pero habría que destacar “Canción”, una edición cuidada por el autor que se publicó en 1936, así como una de sus facetas menos conocidas: el erotismo.

En 2007 salió a la luz “Libros de Amor”, un poemario inédito que muesta el lado sensual de Juan Ramón Jiménez: “No es el amor de una mujer, en tres tiempos distintos; son tres tiempos del amor, a través de varias mujeres. Por eso hay ojos azules, ojos negros, ojos de oro... porque los ojos del amor no son de un color preciso”. La obra permaneció en el olvido debido a que el gran amor del escritor, y a la postre su esposa, Zenobia Camprubí, no aprobaba estos textos que fueron escritos entre los años 11 y 12 del siglo 20.
Su querida España también estuvo presente en sus escritos. Debido a la Guerra Civil Española tuvo que marchar al exilio en 1936. Durante dos décadas el andaluz, junto a su inseparable Zenobia, vivió en Estados Unidos, Cuba y Puerto Rico. Jamás regresaría a España, pero el poeta siempre la llevó en su corazón.

En estos años de vejez el poeta explora su vena mística, en un intento por entender al universo, al otro, a sí mismo: “Pájaro, amor, luz, esperanza,/ nunca te he comprendido como ahora,/ nunca he visto tu dios como hoy lo veo,/ el dios que acaso fuiste tú y que me comprende...”.

En 1956 el escritor, que radicaba en Puerto Rico, recibió la noticia de que había obtenido el Premio Nobel de Literatura, apenas tres días antes de que muriera Zenobia. Juan Ramón la seguiría dos años después, el 29 de mayo de 1958. Los cuerpos de ambos yacen en su natal España, en el cementerio de Jesús de Moguer.

El poeta sigue iluminando con sus versos. Hace unos días la familia del Nobel anunció que editará un almanaque para 2012 que tendrá siete poemas inéditos del libro "Olvidanzas", que, como dice el poema “Pobrezas”, está "dedicado a los que, en estos años frágiles, sufren y padecen necesidad material, y a otros, muchos, que viven en la perpetua pobreza espiritual. Aliento y energía para que ambos encuentren el modo de liberarse". El calendario, ilustrado por Valentín Albardiaz, contiene escritos tempranos del escritor, algunos están fechados en 1907.

“¡Esta es mi vida, la de arriba,/ la de la pura brisa, la del pájaro último,/ la de las cimas de oro de lo oscuro!”. Fuerte y cristalino, Juan Ramón Jiménez sigue conmoviéndonos.

Nocturno
Aun soñaba en las dulzuras de esta tarde.
Estoy solo; mis amores están lejos;
y mi alma que se muere de tristeza,
de nostalgia y de recuerdos,
se sumía fatigada
en la bruma de los sueños.

Esta tarde han florecido
los vergeles de los cielos;
los crepúsculos pasados fueron grises
cual monótonos crepúsculos de invierno.
Esta tarde renació la primavera:
los velados horizontes descubrieron
sus aldeas indecisas;
hubo rosas y violetas en lo azul del firmamento,
hubo magia fabulosa de colores y de esencias;
fue un crepúsculo de aquellos
de las dulces primaveras que mi alma
ve vagar en sus recuerdos.

En la nada flotó un algo de profundas transparencias
y los giros de las brisas, un momento
dibujáronse temblando;
una onda ensombrecía los misterios
de la tarde...
En el cielo religioso
las estrellas del crepúsculo entreabrieron;
y mi alma se perdió en la vaga bruma
de los últimos jardines melancólicos y quietos...

Aun soñaba en las dulzuras de esta tarde.
Estoy solo; mis amores están lejos.

He entreabierto mi balcón:
por oriente ya la luna va naciendo;
las fragantes madreselvas
dan al aire de la noche las unciones de sus frescos
y balsámicos perfumes;
están tristes los luceros.
En mi oído vibra el ritmo de las voces que se aman.
Me da horror de estar a solas con mi cuerpo...
El silencio me contagia;
estoy mudo..., en mis labios no hay acentos...
Me parece que no hay nadie sobre el mundo,
Me parece que mi cuerpo
se agiganta; siento frío, tengo fiebre,
en la sombra me amenazan mil espectros...

He sentido que la vida se ha apagado
sólo viven los latidos de mi pecho:
es que el mundo está en mi alma;
las ciudades son ensueños...

Sólo turba la quietud solemne y honda
el temblor de los diamantes de los cielos.
Estoy solo con mi alma
que se muere de tristeza, de nostalgia y de recuerdos.

¿A quién cuento mis pesares?
Me da miedo de turbar este silencio
con sollozos. ¡Si escuchara algún suspiro!
¡Mis amores están lejos!

Por los árboles henchidos de negruras
hay terrores de unos monstruos soñolientos,
de culebras colosales arrolladas
y alacranes gigantescos;
y parece que del fondo de las sendas
unos hombres enlutados van saliendo...
Los jardines están llenos de visiones;
hay visiones en mi alma..., siento frío,
estoy solo, tengo sueño...
Los recuerdos se amontonan en mi mente,
los suavísimos recuerdos
de las tardes que me dieron sus colores,
sus esencias y sus besos.
¡Son tan dulces esas tardes de la tierra!,
(¡ah, las tardes de los cielos!)

Ya la luna amarillenta
va subiendo.
Mis pupilas, anegadas por el llanto,
se han cuajado de luceros.
Siento frío...¡Quién pudiera
dormitar eternamente en su ensueño,
olvidarse de la tierra
y perderse en lo infinito de los cielos!
Llega un aire perfumado, caen mis lágrimas;
estoy solo; mis amores están lejos...
Juan Ramón Jiménez