lunes, 17 de diciembre de 2012

Para los que llegan a las fiestas...


PARA LOS QUE llegan a las fiestas
ávidos de tiernas compañías,
y encuentran parejas impenetrables
y hermosas muchachas solas que dan miedo
—pues uno no sabe bailar, y es triste—;
los que se arrinconan con un vaso
de aguardiente oscuro y melancólico,
y odian hasta el fondo su miseria,
la envidia que sienten, los deseos;

para los que saben con amargura
que de la mujer que quieren les queda
nada más que un clavo fijo en la espalda
y algo tenue y acre, como el aroma
que guarda el revés de un guante olvidado;

para los que fueron invitados
una vez; aquéllos que se pusieron
el menos gastado de sus dos trajes
y fueron puntuales; y en una puerta
ya mucho después de entrados todos
supieron que no se cumpliría
la cita, y volvieron despreciándose;

para los que miran desde afuera,
de noche, las casas iluminadas,
y a veces quisieran estar adentro:
compartir con alguien mesa y cobijas
vivir con hijos dichosos;
y luego comprenden que es necesario
hacer otras cosas, y que vale
mucho más sufrir que ser vencido;

para los que quieren mover el mundo
con su corazón solitario,
los que por las calles se fatigan
caminando, claros de pensamientos;
para los que pisan sus fracasos y siguen;
para los que sufren a conciencia,
porque no serán consolados
los que no tendrán, los que no pueden escucharme;
para los que están armados, escribo.

Rubén Bonifaz Nuño (Los demonios y los días)



Desde la tristeza que se desploma


DESDE LA TRISTEZA que se desploma,
desde mi dolor que me cansa,
desde mi oficina, desde mi cuarto revuelto,
desde mis cobijas de hombre solo,
desde este papel, tiendo la mano.

Ya no puedo ser solamente
el que dice adiós, el que vive
de separaciones tan desnudas
que ya ni siquiera la esperanza
dejan de un regreso; el que en un libro
desviste y aprende y enseña
la misma pobreza, hoja por hoja.

Estoy escribiendo para que todos
puedan conocer mi domicilio,
por si alguno quiere contestarme.

Escribo mi carta para decirles
que esto es lo que pasa: estamos enfermos
del tiempo, del aire mismo,
de la pesadumbre que respiramos,
de la soledad que se nos impone.

Yo sólo pretendo hablar con alguien,
decir y escuchar. No es gran cosa.
Con gentes distintas en apariencia
camino, trabajo todos los días;
y no me saludo con nadie: temo.

Entiendo que no debe ser, que acaso
hay quien, sin saberlo, me necesita.
Yo lo necesito también. Ahora
lo digo en voz alta, simplemente.

Escribí al principio: tiendo la mano.
Espero que alguno lo comprenda. 


Rubén Bonifaz Nuño (Los demonios y los días)

miércoles, 12 de diciembre de 2012

Retornos del otoño


Nos dicen: Sed alegres.
Que no escuchen los hombres rodar en vuestros cantos
ni el más leve ruido de una lágrima.
Está bien. Yo quisiera, diariamente lo quiero,
mas hay horas, hay días, hasta meses y años
en que se carga el alma de una justa tristeza
y por tantos motivos que luchan silenciosos
rompe a llorar, abiertas las llaves de los ríos.

Miro el otoño, escucho sus aguas melancólicas
de dobladas umbrías que pronto van a irse.
Me miro a mí, me escucho esta mañana
y perdido ese miedo
que me atenaza a veces hasta dejarme mudo,
me repito: Confiesa
grita valientemente que quisieras morirte.

Di también: Tienes frío.
Di también: Estás solo, aunque otros te acompañen.
¿Qué sería de ti si al cabo no volvieras?
Tus amigos, tu niña, tu mujer, todos esos
que parecen quererte de verdad, ¿qué dirían?

Sonreíd. Sed alegres. Cantad la vida nueva.
Pero yo sin vivirla, ¡cuántas veces la canto!
¡Cuántas veces animo ciegamente a los tristes,
diciéndoles: Sed fuertes, porque vuestra es el alba!

Perdonadme que hoy sienta pena y la diga.
No me culpéis. Ha sido
la vuelta del otoño.

Rafael Alberti

viernes, 7 de diciembre de 2012

Lectura militante

Hace unos días un amigo mencionó en una charla a Susan Sontag. Me gustó escuchar la relación, si bien superficial, entre la norteamericana y yo. La obra de la escritora, en especial sus ensayos, influyó de manera notable en mis ideas sobre el arte, la libertad y la belleza. Al echar un vistazo a la biblioteca me encontré con Al Mismo Tiempo, libro que me hizo reflexionar sobre algunos pensamientos de la escritora neoyorkina.

Crítica feroz y mujer apegada a su época, Susan Sontag fue una escritora que en muchas ocasiones sacrificó su vena literaria en aras de la denuncia, el análisis y la observación minuciosa de los sucesos que marcaron la historia de su tiempo.
Considerada por muchos figura clave del movimiento intelectual de los 60’s en Estados Unidos, Sontag se dio a conocer con la publicación de su novela El Benefactor, pero serían sus ensayos los que la colocarían en el mapa de las letras internacionales.
De mente ágil y palabra aguda, la norteamericana escribió por igual sobre las drogas, la pornografía, la política, la enfermedad –que ella exploró con profundo conocimiento, pues libró una larga batalla contra el cáncer, que a la postre causó su muerte en el 2004– la fotografía y, por supuesto, las letras.
En su trayectoria literaria Sontag no se limitó a contemplar la vida desde su escritorio, visitó países en guerra y se enfrentó al gobierno estadounidense desde los periódicos más influyentes del mundo. Su reprobación hacia el mandato de George Bush fue una de las últimas tareas que acometió en su vida y es recogida en el libro Al Mismo Tiempo (Mondadori, 2007).
Que este título sea el último realizado por la escritora no es casualidad. Sontag había previsto que este libro, junto con una novela, una autobiografía y una recopilación de cuentos, formaría parte de su legado final. Desgraciadamente, la muerte la sorprendió antes de que terminara todos los proyectos, pero en las manos del lector quedó una obra que sacude no sólo por su pertinencia, también por la lucidez mental con que explora temas como la belleza, el arte, la tortura, la libertad, el poder de las imágenes y el razonamiento moral.
Neoyorkina por convicción y poseedora de una pluma controvertida, Sontag no podía dejar de escribir sobre los ataques del 11 de septiembre y criticó duramente las acciones que emprendió el gobierno de Bush después de este suceso. Las fotografías que cimbraron el mundo al mostrar las torturas cometidas en la cárcel de Abu Ghraib por militares estadounidenses, es otro de los temas que explora la ensayista, quien no dudó en calificar al gobierno del mandatario republicano como “reactivo y rencoroso”.
Sontag asumió con firmeza el papel de intelectual comprometido y desde su trinchera sostuvo que el escritor debía hacer varias cosas: “apasionarse con las palabras, preocuparse mucho por las oraciones. Y prestar atención al mundo”.
Y agregó, con una certeza nacida en las lecturas juveniles que la libraron del sopor de las tardes que vivió en Tucson, Arizona, que el escritor debe “procurar nacer en una época en la cual sea probable que Dostoievski y Tolstói y Turguéniev y Chéjov te exalten e influyan de manera definitiva”.
Pero ella jamás estuvo de acuerdo en que un literato debía ser “una máquina de opiniones”, aunque sí estaba convencida, y así lo expone en el ensayo La Conciencia de las Palabras, de que la tarea del escritor es “representar las realidades”, tanto las abyectas como las sublimes.
Sontag fue siempre una lectora voraz y sentía especial predilección por la narrativa, necesaria “para ampliar nuestro mundo”. Ella acuñó el término “lectura militante”, cuyo “máximo valor reside en la relectura”, y sobre el que realiza una concienzuda reflexión en el ensayo Un Destino Doble, una exploración sobre la novela Artemisa de Anna Banti.
La neoyorkina no podía resistir el escribir sobre autores poco conocidos, sentía un especial placer por mostrar al lector el talento de novelistas cuyas vidas habían sido marcadas por la tragedia personal o profesional. En Al Mismo Tiempo, Sontag describe Verano en Baden-Baden, la novela de Leonid Tsipkin, un oscuro patólogo ruso cuyo talento es asfixiado por el sistema socialista y quien evoca en su máxima obra narrativa la vida de Dostoievski.
Mención aparte merece 1926…, un texto en el que la autora describe la relación epistolar que sostuvieron Rainer Maria Rilke (de 51 años y que “está muriendo de leucemia en un sanatorio en Suiza”), Boris Pasternak (de 36 años) y Marina Tsvietáieva (de 34 años, quien “vive en la penuria con su marido y dos hijos en París”).
Este libro es una deliciosa conversación con una amante de las letras, con una habitante de “un territorio libre” que sólo puede existir en la literatura. Como ella, muchos hemos sentido que la literatura permite “escapar de la prisión de la vanidad nacional, del filisteísmo, del provincianismo forzoso, de la inanidad educativa, de los destinos imperfectos y de la mala suerte”. Hoy, y tal vez más que nunca, su afirmación no tiene objeción: “la literatura es la libertad”.

miércoles, 5 de diciembre de 2012

Bueno fuera, acaso, no haber cambiado...


Bueno fuera, acaso, no haber cambiado; 
seguir padeciendo por lo mismo;
hallar un dolor tan bello
que me permitiera olvidarme
de que esta deshecha mi camisa
y de que me aprietan los zapatos.

Pero cuando quiero cantar por nota,
medir las palabras, endulzarlas,
la voz se me encoge, se me regresa,
y no tengo más que estar cansado.

Es tarde, mi amada se ha puesto fea;
se desvencijaron las hermosas
palabras; lo saben todos:
las necesidades nos ocupan.
Hace mucho tiempo que no quiero
pensar en las cosas que ya no pueden
volver; las recuerdo, con todo;
me duele sentir que no me importan.

Adiós, Garcilaso de la Vega, 
tus claros cristales de sufrimiento.
Yo vine a decir palabras en otro
tiempo, juntos a gentes que padecen
desasosegadas por el impulso
de comer, comidas por la amargura;
débiles guerreros involuntarios
que siguen banderas sin gloria,
que lloran de miedo en las noches,
que se desajustan sin esperanza.

Rubén Bonifaz Nuño (Los Demonios y los Días) 


Algo se me ha quebrado esta mañana...
 
                                Para Abril Boliver

Algo se me ha quebrado esta mañana
de andar, de cara en cara, preguntando
por el que vive dentro.


Y habla y se queja y se me tuerce
hasta la lengua del zapato,
por tener que aguantar como los hombres
tanta pobreza, tanto oscuro
camino a la vejez; tantos remiendos,
nunca invisibles, en la piel del alma.


Yo no entiendo; yo quiero solamente,
y trabajo en mi oficio.
Yo pienso: hay que vivir; dificultosa
y todo, nuestra vida es nuestra.
Pero cuánta furia melancólica
hay en algunos días. Qué cansancio.

Cómo, entonces,
pensar en platos venturosos,
en cucharas calmadas, en ratones
de lujosísimos departamentos,
si entonces recordamos que los platos
aúllan de nostalgia, boquiabiertos,
y despiertan secas las cucharas,
y desfallecen de hambre los ratones
en humildes cocinas.


Y conste que no hablo
en símbolos; hablo llanamente
de meras cosas del espíritu.


Qué insufribles, a veces, las virtudes
de la buena memoria; yo me acuerdo
hasta dormido, y aunque jure y grite
que no quiero acordarme.


De andar buscando llego.
Nadie, que sepa yo, quedó esperándome.
Hoy no conozco a nadie, y sólo escribo
y pienso en esta vida que no es bella
ni mucho menos, como dicen
los que viven dichosos. Yo no entiendo.


Escribo amargo y fácil,
y en el día resollante y monótono
de no tener cabeza sobre el traje,
ni traje que no apriete,
ni mujer en que caerse muerto

Rubén Bonifaz Nuño (Fuego de Pobres) 


domingo, 18 de noviembre de 2012

Confesiones




Yo te estaba esperando.
Más allá del invierno, en el cincuenta y ocho,
de la letra sin pulso y el verano
de mi primera carta,
por los pasillos lentos y el examen,
a través de los libros, de las tardes de fútbol,
de la flor que no quiso convertirse en almohada,
más allá del muchacho obligado a la luna,
por debajo de todo lo que amé,
yo te estaba esperando.
Yo te estoy esperando.
Por detrás de las noches y las calles,
de las hojas pisadas
y de las obras públicas
y de los comentarios de la gente,
por encima de todo lo que soy,
de algunos restaurantes a los que ya no vamos,
con más prisa que el tiempo que me huye,
más cerca de la luz y de la tierra,
yo te estoy esperando.
Y seguiré esperando.
Como los amarillos del otoño,
todavía palabra de amor ante el silencio,
cuando la piel se apague,
cuando el amor se abrace con la muerte
y se pongan más serias nuestras fotografías,
sobre el acantilado del recuerdo,
después que mi memoria se convierta en arena,
por detrás de la última mentira,
yo seguiré esperando.

Luis García Montero

martes, 30 de octubre de 2012

Hay racimos de soledad en tus manos...



Hay racimos de soledad en tus manos, desposesiones más antiguas
que la sangre.

Huyen los años de tus ojos como bandadas de cometas por las plazas maduras.

(Sólo quedan los bueyes rumiando su tristeza.)

Has conocido, entre gavillas de silencio, el sabor amarillo de mis pasos,

el humo indescifrable de las brasas sin tiempo.

Nunca mi lejanía se amasó con barro, pero puse en tu boca las yemas más

quemadas y los besos más lentos. Nunca mi lejanía se espesó hasta tu cuerpo.

Como una fuente vieja, azul desde su olvido, arrinconaste el miedo

en arcas inviolables.

Ni siquiera el dolor estalla entre tus labios. Ni siquiera la antigua,

la salada tristeza de mis besos.

Julio Llamazares

viernes, 12 de octubre de 2012

Y van a decir que canto


Y van a decir que canto
desde la vanidad (o la ignorancia).
Ya no me importa, ratas,
lo que digan (aunque duela)
ahora que he perdido el respeto
de mis hijos, mi jardín,
mis animales (el perrito y la calandria)
por ocultar mis gracias de la envidia.
Ahora que corté mi cabello, cubrí
mis piernas de cobre con ceniza.
Les voy a recordar que yo medía
diez centímetros más que mis iguales,
y era sabia y bella y bondadosa.
Y a pesar de estos vestidos
baratos y sintéticos
(que casi nunca lavo) les recuerdo
mis bellos camisones
de algodón ovillado, mis sedas
que guardo entre frazadas
repletas de alcanfor, para la pena,
el goce, el desperdicio
(y la envidia otra vez).

Antonio Cisneros