
Escribir es quizá el único arte en el que hay muchas mujeres de primera
categoría”, afirmaba Susan Sontag. Durante las últimas semanas he tenido
la oportunidad de descubrir a tres autoras que calzan a la perfección
en la descripción de la intelectual norteamericana: María Polydouri,
Julia Hartwig y Hamutal Bar-Yosef.
¿Qué tienen en común estas mujeres? Todas nacieron en el siglo 20;
cuentan con una voz poética fuerte y directa que además habla del
espíritu femenino ―el amor, la ternura, la maternidad, la cocina, la
niñez― aunque sin una inclinación excesiva hacia escritos netamente de
género; y forman parte del maravilloso trabajo de traducción de la
editorial regiomontana-española Vaso Roto. Y para seguir esta línea de
ideas, hay que apuntar que esta casa editora nació por la iniciativa de
otra mujer escritora: Jeannette Clariond.
Ya he tenido oportunidad de escribir sobre la obra de María Polydouri
(Grecia, 1902-1930), cuyo libro
Los Trinos que se Extinguen es traducido
al castellano por primera vez por el poeta Manuel Macías.
Esta obra forma parte del breve, pero valioso legado de Polydouri, en
donde la escritora trata temas como la muerte, la enfermedad, el amor,
el deseo, la soledad, el tiempo breve de los hombres:
Ni aquí siquiera,
en esta tierra extraña donde me ha arrojado,
volteándome, la ola de la
desventura,
pude encontrar la paz sepulcral de los naufragios.
Por más
que la negra sed agite mis entrañas,
aunque mi voz se ahogue gimiendo
de dolor,
siempre seré la víctima con que juegan los sueños.
Guardar en la memoria

“Escribir representa mi salvación. Y, no obstante, no escribo para
salvarme”, sostiene Julia Hartwig (Polonia, 1921), cuya obra llega por
primera vez a los lectores en lengua española gracias a Dualidad.
Antología Poética, una edición bilingüe de Antonio Benítez Burraco y
Anna Sorieska.
Hartwig ve el mundo a través de un prisma que nos hace reflexionar sobre
el tiempo, la fugacidad de la existencia, la soledad, el dolor que
radica en la belleza que penetra la carne como hoja de cuchillo, pues lo
que nos rodea es “claro, poco claro”, como sostiene uno de sus poemas.
Sin embargo, es ahí donde reside la fuerza de la literatura, de la
música, de la pintura, que nos dan la oportunidad de volvernos
inmortales, un tema con el que la autor
a está plenamente identificad,
pues pertenece a una familia de artistas:
El arte es conjurar la
existencia
para que perdure
aunque su ámbito se extienda hasta lo
invisible.
El poder de la memoria y de encontrar el equilibrio en una vida
contradictoria, que a veces carece de sentido, también se descubre en la
obra de la Hartwig:
Experimentó la soledad y la melancolía
Como si
sólo ella existiera
a pesar de saberse una entre muchos
Le fue dado
conocer el amor
y que sus ojos se abrieran a las maravillas del mundo
La consumía el enigma de la partida.
La poeta invita a darnos una pausa en medio del trajín de la vida
contemporánea, a detenernos y contemplar nuestros dones, aunque estén
envueltos con espinas:
Y cuando caminando entres en los cielos
No
olvides que el corazón precisa
Un poco de tierra de la que brote una
flor
Y algo de amargura, en pago por el tiempo,
Por todo cuanto no ha
de cumplirse.
De cara a la noche

No hace falta explicar nada. O conoces el lugar donde duele o no lo
conoces, sentencia el poema de Hamutal Bar-Yosef (Tel Yosef, 1940) que
da título a la antología que recoge cuatro décadas de obra poética de la
escritora israelí.
El año pasado Israel fue el invitado de honor de la Feria Internacional
del Libro de Guadalajara, y en ese marco la editorial Vaso Roto publicó
esta edición bilingüe que contiene textos de los libros
Tiempo, Que sus
labios,
Mesa de cocina,
El lugar donde duele,
Contra la oscuridad y
A
los lectores.
Nacida en un kibbutz, Hamutal vivió una etapa en la que, después del
nacimiento del estado de Israel, se recuperó la lengua hebrea, lo que
dio vida a una creación literaria muy particular. Así, en la obra de la
escritora hay varias referencias al momento histórico que le tocó
presenciar:
Tendremos un Estado: este sereto
se lo reveló a mis padres
el extraño que hablaba por la radio,
un hombre intimidante y sabelotodo
que gemía plegarias durante el Shabat.
En la obra de Hamutal hay una fuerte voz femenina, que se traduce en
versos alusivos a la maternidad, la comida, al tiempo que se pasa junto a
la mesa de cocina, rebanando vegetales, preparando guisos.
También yo veo las grietas/ sobre la pesada mesa de la cocina,
más
vieja que nueva.
También yo veo sus gruesas patas.
Coge el cuchillo/
corta el pan.
Sin embargo, también encontramos en los textos de Hamutal una visión
cruenta sobre el mundo, sobre la fragilidad, sobre el delicado
equilibrio cotidiano sazonado con nostalgias, con la memoria del daño y
el dolor. La poeta nos hace consciente de esas áreas donde la sombra
gana espacio de una manera inquietante.
Esta es nuestra primavera,
arroja montones de ropa al suelo,
sopla
nubes de polvo y pájaros migratorios,
muerde subrepticiamente en carne
viva,
cierra de un portazo y desaparece.
La ironía, la esperanza que tiende su mano para luego esconderla,
juguetona, también forma parte de algunos de los poemas de la autora, y
aunque, como sostiene uno de sus versos,
El poema se ofende cuando lo
traducen, el trabajo de Mario Wainstein y Florinda E. Goldberg permiten
al lector disfrutar de textos muy musicales, reminiscencias del
original en hebreo:
Nombres y más nombres multiplicados, triturados,
melodiosos
quien los pronuncia relincha como un caballo que llora en
sueños.
En
El lugar donde duele nos topamos con una poesía honesta, cercana, que
vuelve al lector partícipe de los miedos, los desafíos, las alegrías,
las pérdidas y los sueños de su autora. Versos, que también nos
confrontan con aquello que yace aletargado en nuestra alma, y que
despierta para increparnos:
¿Cuánto? ¿Un año? ¿Diez? ¿Cien? ¿Mil?
A mí
me llevó treinta.
La segunda vez sólo diez.
Después comencé a vivir,
a
amar, a escuchar.