miércoles, 9 de diciembre de 2009

Entre la palabra y el silencio

Busqué por todos lados unos versos que valieran la pena, que fueran luminosos o que revelaran al menos una señal, de esas que esperamos los que necesitamos la poesía… Tras ardua búsqueda en la que viajé (inevitablemente) por senderos maltrechos, por eriales en la penumbra. En fin... por aquellos sitios en los que anida nuestro espíritu y que no se visitan con frecuencia —y es que la poesía nos conduce inexorablemente a estos lugares— encontré un poema de Roberto Juarroz que puede que se acerque a esas charlas entrañables (que llegué a sostener con algunos amigos del pasado), en las que se liberan todos los nombres y los signos y las ideas que habitan entre la palabra y el silencio.

Esas raras y extraordinarias ocasiones en que se habla a raudales sobre los viejos y queridos amigos que ya no están, de los libros leídos, de las películas que sostienen polvo en los anaqueles del Blockbuster.... O por el contrario, esas pocas veces en que los silencios, el tacto y los sentidos dicen todo lo que estamos esperando.

No se trata de hablar

No se trata de hablar,

ni tampoco de callar:

se trata de abrir algo

entre la palabra y el silencio.

Quizá cuando transcurra todo,

también la palabra y el silencio,

quede esa zona abierta

como una esperanza hacia atrás.

Y tal vez ese signo invertido

constituya un toque de atención

para este mutismo ilimitado

donde palpablemente nos hundimos.


Roberto Juarroz

martes, 8 de diciembre de 2009

Los cristales de este viaje

Como cortina oscura, el otoño se abate taciturno... Tal vez no sea él sino yo, este espíritu que se pone melancólico en las postrimerías de cada año, en esta forzada renovación, pesada al espíritu, pero impostergable.


Los años se van

Los años se van...y, sí, es como el tren:
nos adelantamos a todo y los años se quedan
como el paisaje detrás de los cristales de este viaje
que el sol aclaró o empañó la helada.
Cómo se ordenan los sucesos en el espacio:

algo se vuelve prado, algo árbol se vuelve,

algo a construir el cielo se fue a ayudar...

la mariposa y la flor existen, ninguna miente:
la transformación no es una mentira...

Rainer María Rilke

lunes, 7 de diciembre de 2009

Trazo oscilante


La primera vez que leí a Juan Gelman fue hace 10 años, me parece. Era joven entonces y bullía en mí la necesidad acuciante de explicarme a mí misma a través de las palabras. No sólo lo leí. Después me enteré que existía un disco editado por la UNAM en el que el propio Gelman leía su poesía, lo compré y solía escucharlo entre clase y clase, tratando de asir alguno de esos versos para comprender esta furia de caimán aletargado que sentía adentro, como una carga tierna, furibunda, incluso dulce, incomprensible.

Años después, me encontré de nueva cuenta con Gelman en una lectura organizada por el Instituto Coahuilense de Cultura, fui con algunos de mis amigos más entrañables de la universidad y ahí, ante nosotros, el poeta argentino leyó esos poemas que me habían ayudado a comprender, de alguna manera, mi mundo.

Recuerdo que era una tarde oscura de invierno, ya era enero, me parece. El frío calaba hondo y la neblina envolvía el Museo de las Aves, el lugar del encuentro. Un puñado de personas estaba en el recinto, creo que menos de 20, situación que hizo que Gelman con una sonrisa dijera que los narradores habían conspirado, de nueva cuenta, en contra de la poesía. Al final de la lectura, que me conmovió hasta las lágrimas no sólo por los versos, sino por lo que yo sentía, literalmente, en mi interior, le tendí mi mano al poeta que la estrecho entre las suyas.

Hace dos años, en octubre de 2007, tuve la oportunidad de hablar con Juan Gelman por teléfono, por razones estrictamente periodísticas. La charla me dejó triste y confundida, aunque en aquel entonces agradecí la amabilidad del poeta por explicarme sus razones sobre un pleito ajeno a los dos, aún me siento traicionada no digamos ya por quienes creí mis amigos, sino por mi incapacidad para decirle lo necesarios que eran sus versos para mi espíritu y la gratitud profunda que sentía hacia él por este pequeño milagro.

Ahora, como entonces, siempre que me siento inquieta recurro a los poemas de Juan Gelman, farmacias del alma para criaturas como yo, ávidas de sensaciones que recorran la sangre.



Preguntas

Ya que navegas por mi sangre
y conoces mis límites,
y me despiertas en la mitad del día
para acostarme en tu recuerdo
y eres furia de mi paciencia para mí,
dime qué diablos hago,
por qué te necesito,
quién eres, muda, sola, recorriéndome,
razón de mi pasión,
por qué quiero llenarte solamente de mí,
y abarcarte, acabarte,
mezclarme a tus huesitos
y eres única patria
contra las bestias del olvido.


Una mujer y un hombre
Una mujer y un hombre llevados por la vida,
una mujer y un hombre cara a cara
habitan en la noche, desbordan por sus manos,
se oyen subir libres en la sombra,
sus cabezas descansan en una bella infancia
que ellos crearon juntos, plena de sol, de luz,
una mujer y un hombre atados por sus labios
llenan la noche lenta con toda su memoria,
una mujer y un hombre más bellos en el otro
ocupan su lugar en la tierra.



Poema

Entre los adelantos médicos figuran

el by-pass para que siga el corazón,

el láser para entrar a la vesícula

por un agujerito, y

muchos otros que empujan al cuerpo

contra lo desconocido.

Esta semejanza de la vida

provoca el llanto de la razón.

Nadie estudia los nervios

de la estupidez, las arterias

del mal, la médula del dolor, los huesos

de tanta angustia que gira por ahí

con trazado oscilante.

Hay quien dice que es inútil

porque no hay remedios,

no hay farmacias del alma.

Hay quien dice que esta noche

es igual a todas las noches.

Pero en esta noche canta

lo que nunca tendremos

y el pasado es un canario ciego

que te había visto.

En el vacío de tu imagen

estaba el ancho sol.

Juan Gelman

domingo, 6 de diciembre de 2009

Mejor que sea invierno

Es otoño y parece que ahora sí llegó, frío, nebuloso, invadiendo los resquicios de las habitaciones con polvos melancólicos, tristísimas polillas golpean las farolas que apenas brillan, para aparentar un calor inexistente, una alegría fría y vacía que parece mejor que ya sea invierno y así ya no forjemos ilusiones de que un rayo de sol calienta.
Ya saqué los abrigos, las bufandas, aún tengo frío. Lo mejor del otoño es que anuncia que pronto terminará este año, llegará el nuevo, que barrerá el polvo y traerá consigo promesas de otros pueblos, de otros caminos, de otro tiempo.


Presencia de otoño

Debí decir te amo.
Pero estaba el otoño haciendo señas,
clavándome sus puertas en el alma.

Amada, tú, recíbelo.
Vete por él, transporta tu dulzura
por su dulzura madre.
Vete por él, por él, otoño duro,
otoño suave en quien reclino mi aire.

Vete por él, amada.
No soy yo él que te ama este minuto.
Es él en mí, su invento.
Un lento asesinato de ternura.

Juan Gelman

sábado, 5 de diciembre de 2009

Fragmento

El traslado
las miradas arriba
abajo.
La virtud del equilibrista
puesta a prueba
las ganas de morder
despacio.
Y la piel marcada
de heridas, deseos
de necesidad.
No, la ciudad no se ha desplazado
todavía.

viernes, 30 de octubre de 2009

I.

El inútil amanecer me encuentra en una esquina desierta;
he sobrevivido a la noche. Las noches son olas orgullosas; olas pesadas y oscuras, abrumadas con todos los tintes del despojo,
abrumadas con cosas imposibles y deseables.
Las noches tienen un hábito de regalos misteriosos y de rechazos,
de cosas a medio entregar, a medio rehusar, de joyas con un hemisferio oscuro.
Las noches actúan de esa manera, te lo advierto.
El oleaje, esa noche, me dejó los acostumbrados retazos y cabos sueltos: algunos odiados amigos para charlar, música para los sueños,
y el humear de amargas cenizas.
Cosas que no le sirven a mi corazón hambriento.
La gran ola te trajo.
Palabras, unas palabras, tu risa; y tú tan indolente, tan incesantemente hermosa. Charlamos y has olvidados las palabras.
El destrozado amanecer me encuentra en una calle desierta de mi ciudad.
Tu figura que se aleja, los sonidos que van a formar tu nombre, la cadencia de tu risa: estos son los insignes juguetes que me dejaste.
Los pongo de cabeza en la madrugada, los pierdo, los recupero;
se lo cuento a un puñado de perros vagabundos y a las pocas estrellas extraviadas de la aurora
Tu oscura y espléndida vida...

Jorge Luis Borges

sábado, 17 de octubre de 2009

Nuevo ciclo

Hace mucho tiempo decidí dejar este asunto de las bitácoras de viaje. Pero comienza un nuevo ciclo en mi vida y me parece que es tiempo de regresar a las andadas, a los encuentros, a los desencuentros, al asombro que aún me causan las buenas historias que se encuentran quietas, agazapadas en los callejones, esperando ser halladas.

Y como mi vida sólo puedo medirla en términos de literatura, aquí la lista de los 20 libros que hoy, continúan inquietándome y que en su momento marcaron mi vida en forma decisiva. No hay un orden, la verdad, sólo los títulos que me vinieron a la mente en menos de 10 minutos

1. Los Hermanos Karamazov de Dostoyevski.
2. Ana Karenina de León Tolstoi.
3. Crónica del Pájaro que da Cuerda al Mundo de Haruki Murakami.
4. Madame Bovary de Gustave Flaubert.
5. El Libro de las Tierras Vírgenes de Rudyard Kipling.
6. La Gaviota de Anton Chéjov.
7. Ficciones y el Aleph de Jorge Luis Borges.
8. Pedro Páramo de Juan Rulfo.
9. Me Llamo Rojo de Orhan Pamuk.
10. Aquí Yace el Wub y Otros Cuentos de Phillip K. Dick.
11. El Maestro de San Petersburgo de Coetzee.
12. El Señor de los Anillos de Tolkien.
13. El Cuervo de Ted Hughes.
14. El Barón Rampante de Ítalo Calvino
15. Dinos Cómo Sobrevivir a Nuestra Locura de Kenzaburo Oé.
16. La Trilogía de Nueva York de Paul Auster.
17. La Divina Comedia de Dante.
18. Ensayo Sobre la Ceguera de Saramago.
18. Piedra de Sol de Octavio Paz.
19. Antología Poética de Juan Gelman.
20. Cien Años de Soledad de Gabriel García Márquez.