El aroma de las magnolias, la lluvia, las espigas de susuki balanceándose al compás del viento de octubre, los interminables domingos fracturados por memorias y recuerdos, la dulce melancolía del blues y la música de los Beatles. Éstos son los elementos que rodean la historia que Watanabe trata de recordar en las alturas del cielo europeo.
Es Nowergian Wood, canción de los Beatles, la culpable de detonar la memoria del protagonista de Tokio Blues, novela escrita por uno de los mejores narradores contemporáneos: Haruki Murakami. Con dicho título, este autor japonés se dio a conocer internacionalmente, y ahora es posible encontrar la mayoría de su obra editada por Tusquets.
Lo que vuelve entrañable la obra de Murakami no es su estilo narrativo, semejante al viaje raudo en un tobogán, sino la disección que realiza del alma humana. En su obra, el lector se ve envuelto en un torbellino de sensaciones, las acciones pesan en el espíritu no por el certero dolor que causan, sino por los detalles que las rodean.
En Tokio Blues, Watanabe guarda en la memoria la calidez de la piel de Naoko, las bellas arrugas del rostro de Reiko, la impertinencia de Midori y la tristeza insoportable de descubrir que todo eso se ha perdido.
En Al Sur de la Frontera al Oeste del Sol, lo que acerca al lector a Hajime, personaje central de la novela, es su lacerante humanidad, esa verdad que late en todos aquellos que han sentido una pasión, esa sensación de pertenecer a algo o alguien que se ha perdido en el vaivén del tiempo, engullido por una cotidianidad inevitable y desprovista de color. Y el recuerdo yace arrinconado en un lugar recóndito, conservado para no sentirse solo, vacío.
En esta narración se habla del amor, de un sentimiento perdido y recobrado que no se sabe en dónde puede dársele cabida porque arrasa y desborda. De pronto, el lector intuye que en ocasiones, al igual que Hajime, se construye una vida tranquila ajena al galope desbocado del corazón, pero de pronto vuelve el deseo acuciante que se creía olvidado, que trastorna el universo y lo pone de cabeza.
En Sputnik Mi Amor Murakami sumerge al lector en una historia seductora y llena de
enigmas lógicos, en donde los hechos de apariencia imposible son sólo piezas de la compleja alma humana. Las personas pueden desaparecer en una pequeña isla sin dejar rastro, pueden dividirse en dos y perder esa otra mitad para siempre, pueden enamorarse de seres que, cual satélites artificiales olvidados, orbitan sobre el cielo un instante para desaparecer una vez más.
Sumire es la protagonista, una joven que se afana en ser novelista y conquistar las palabras. Un día, se enamora de forma fulminante, sin lógica alguna y con la furia de un tornado a través de la llanura. Se enamora de una mujer casada 17 años mayor, se enamora de "Sputnik, mi amor".
Quien narra la historia es el mejor amigo de Sumire, que la ama desde siempre y que sabe que jamás será correspondido.
La trama que tejen estos tres seres solitarios habla del amor que siempre conduce a algún sitio. Tal vez sea un mundo especial y desconocido o un lugar lleno de peligros, donde se esconda algo que inflija una herida profunda, mortal.
Sumire lo sabe y –al igual que el lector– lo acepta: "Tal vez pierda todo lo que poseo. Pero ya no puedo volver atrás. Sólo puedo abandonarme a la corriente que discurre ante mis ojos. Aunque me consuma entre las llamas, aunque desaparezca para siempre".
jueves, 13 de diciembre de 2007
martes, 4 de septiembre de 2007
Los árboles
Los árboles se están cubriendo de hojas
como si algo estuviera por decirse.
Recientes brotes se distienden y abren;
una especie de pena es su verdor.
¿Acaso ellos renacen y nosotros
envejecemos? No, también se mueren.
El acto anual de su renovación
está escrito en anillos de madera.
Sin embargo, castillos incansables,
se trillan cada pleno y denso mayo.
Murió el año, parecen ya decir;
comienza nuevamente, nuevamente.
Philip Larkin
sábado, 4 de agosto de 2007
Dos meses
Hace dos meses que regresé a Saltillo y a pesar de que el ritmo es por completo distinto al trajín urbano del Distrito Federal, me he visto imersa en los días eternos de la redacción. Entre la nota diaria, mi columna literaria y mi familia —con perro incluído— apenas me da tiempo para escribir en este blog.
Y qué es lo que puedo contar, que me reencontré con mis viejos amigos y que recordé el exceso de trabajo que trae consigo las decisiones inesperadas de un editor que decide irse a ver a Tim Burton a Guanajuato, justo a la mitad del Festival Viva Saltillo —con obras de teatro, exposiciones y conciertos diarios— y que se debe ser estoica para editar, cubrir, reseñar y entrevistar.
Pero es cierto, extrañaba las noches saltillenses frías y tranquilas, los conciertos de verano en la Plaza de Armas. Cómo me divertí con el blues de Betsy Pecanins, el jazz estridente de Iraida Noriega —y que entrevista tan simpática y entrañable logré con ella—, el desenfado de Plastilina Mosh y la maravilla de la ópera que se abre paso bajo las estrellas gracias a la voz del tenor Fernando de la Mora.
Pero sobretodo extrañaba escribir y leer hasta sentir el sopor de la madrugada, pasear con Allegra por la Alameda, el acento norteño y los comentarios ácidos de la redacción.
Es extraño como el ser humano se adapta a las circunstancias, al tiempo, a la memoria. Parece que fue en otra vida cuando caminaba por las calles empedradas de Coyoacán, cuando sentía encima el estrés de los trabajos y exámanes finales de la Ibero, cuando urdía con mis compañeros becarios los planes del siguiente fin de semana.
De vuelta a mi mundo todo parece marchar perfecto, cada pieza ocupa el lugar preciso y la memoria sucumbe ante los días plenos de sol de desierto.
Y qué es lo que puedo contar, que me reencontré con mis viejos amigos y que recordé el exceso de trabajo que trae consigo las decisiones inesperadas de un editor que decide irse a ver a Tim Burton a Guanajuato, justo a la mitad del Festival Viva Saltillo —con obras de teatro, exposiciones y conciertos diarios— y que se debe ser estoica para editar, cubrir, reseñar y entrevistar.
Pero es cierto, extrañaba las noches saltillenses frías y tranquilas, los conciertos de verano en la Plaza de Armas. Cómo me divertí con el blues de Betsy Pecanins, el jazz estridente de Iraida Noriega —y que entrevista tan simpática y entrañable logré con ella—, el desenfado de Plastilina Mosh y la maravilla de la ópera que se abre paso bajo las estrellas gracias a la voz del tenor Fernando de la Mora.
Pero sobretodo extrañaba escribir y leer hasta sentir el sopor de la madrugada, pasear con Allegra por la Alameda, el acento norteño y los comentarios ácidos de la redacción.
Es extraño como el ser humano se adapta a las circunstancias, al tiempo, a la memoria. Parece que fue en otra vida cuando caminaba por las calles empedradas de Coyoacán, cuando sentía encima el estrés de los trabajos y exámanes finales de la Ibero, cuando urdía con mis compañeros becarios los planes del siguiente fin de semana.
De vuelta a mi mundo todo parece marchar perfecto, cada pieza ocupa el lugar preciso y la memoria sucumbe ante los días plenos de sol de desierto.
lunes, 2 de julio de 2007
Cabaret y lluvia
Hace unos días tuve la oportunidad de presentar en Saltillo, junto a Miguel Gaona, el libro "Cabaret Provenza" de Luis Felipe Fabre. Fue una buena oportunidad para vencer el temor que le tengo a los micrófonos y para estar del otro lado de la mesa, para variar. A pesar de la lluvia que cayó toda la tarde, fue una agradable velada poética, para guardar en la memoria.
Transcribo el texto que leí sobre Cabaret Provenza, en verdad un libro que vale la pena visitar, editado por el Fondo de Cultura Económica.
Sobre Cabaret Provenza
Octavio Paz sostenía que la poesía transforma la vida, pero “no piensa embellecerla como piensan los estetas y los literatos, ni hacerla más justa o buena, como sueñan los moralistas. Mediante la palabra, la poesía procura hacer sagrado al mundo; con la palabra consagra la experiencia de los hombres y las relaciones entre el hombre y el mundo, entre el hombre y la mujer, entre el hombre y su propia conciencia”. Si la palabra describe al mundo, la poesía lo revoluciona.
José Agustín Goytisolo estaba de acuerdo en que la poesía no es de quien la trabaja, sino de quien la necesita. Y ahí estamos pues los lectores de poesía, buscándola para que nos ayude con ironía y belleza, con rabia y generosidad, con furia y arrebato, a seguir tratando de entender al mundo, a los demás, a nosotros mismos.
Luis Felipe Fabre brinda esta poética vivencial, que busca en el lenguaje, en la reinterpretación y creación, los signos adecuados para expresar las cavilaciones y experiencias humanas.
El autor construye sus versos con distintos materiales. La piedra que cimenta cada uno de los siete apartados de su libro, Cabaret Provenza, no es la misma, pero proviene de la misma cantera: el espíritu.
Es en el trajín diario de Jack Mendoza, —“vendedor de biblias, soltero, 57 años/ nunca aprendió a tocar el violín”— o en los textos conjuntados en el apartado “Vacas Flacas”, donde el lector ve desfilar ante sí a personajes con los que nos topamos todos los días, que rozamos en la parada del camión, escuchamos en el supermercado o hemos visto trabajando, golpeando cansinamente las puertas de una calle que luce infinita.
Empleados, amas de casa, desamparados, ardidos, perdedores, todos cargando su humanidad a cuestas. El poeta no sólo describe a estos seres ordinarios, los exhibe con ironía bajo una luz potente, que no permite que se esconda defecto alguno.
Ante el lector aparece la imagen de Jack Mendoza sentado, solo, en un taburete dentro de una sórdida cafetería perdida en medio de la carretera. Y afuera, en el cielo de este personaje entrañable, brilla el verso que estremece: “y la luna es un plato roto que una mesera arrojó/ por la ventana”.
Gracias a un lenguaje austero, que linda en ocasiones con la prosa, se crean versos que describen el pathos angustiado del hombre moderno, la demoledora certeza de su soledad en un universo torpemente entrevisto y en todo caso incomprensible.
Pesimismo corrosivo y brillante que realza el elemento cómico a expensas del más visiblemente maligno. Situación que puede observarse en poemas como “Investigación de Mercado”, “Vida Quieta“y “Nota Roja”.
De este último cito:
“Diéronle a elegir entre el dinero o la vida: aseguran
los testigos. Pero la señora
no tenía: lleváronse el monedero sólo de recuerdo:
el monedero vacío: emblema del estómago:
le robaron su pobreza: le obsequiaron
una bala: joya al incrustarse en una carne que nada
poseía”.
Pero también aparece el poeta que utiliza la palabra como juego y divertimento, como filosofía lírica. Lamento, festejo, charco de agua turbia en el que se reflejan el alma, los sueños, los deseos, las operaciones secretas del espíritu en busca de refugio.
No se puede evitar la sonrisa ante el guiño que hace el autor con textos como “Bestiario Político”, que tiene como protagonista al siempre popular chupacabras —”el pariente pobre del vampiro”, “zorro con alas de murciélago y garras de priísta”, “la alegoría más temida del ejido.
“Los Ardidos” y “Canción Ranchera” también despiertan inmediata simpatía, y ganas de acompañar la lectura de sus versos al son del corrido norteño y con una botella de tequila en mano.
De “Canción ranchera” la primera estrofa es memorable:
“Le llaman el Anticharro: el Mariachi del Apocalipsis:
tiene pacto con el Diablo; nexos con el narco
y un chayote medianito en vez de corazón:
ay, en vez de corazón”.
La multiplicidad del mundo se traduce en la multiplicidad de temas que pueden encontrarse en las páginas de Caberet Provenza. Fabre le da espacio a las Vacas Sagradas, a los juegos verbales, a las piedras del camino que conduce a Comala.
El lector encuentra en estas páginas a un alquimista verbal, apasionado por la búsqueda de la verdad circundante a la que atrapa con fiereza para diseccionarla en carne viva, sin la asepsia de la mesa quirúrgica.
Después de las revelaciones vertidas por el idioma poético de Fabre, el lector aparece en calles ajenas, extrañas, pero llenas de promesas. El poeta entrega el escalpelo, es nuestra la decisión de utilizarlo.
Transcribo el texto que leí sobre Cabaret Provenza, en verdad un libro que vale la pena visitar, editado por el Fondo de Cultura Económica.
Sobre Cabaret Provenza
Octavio Paz sostenía que la poesía transforma la vida, pero “no piensa embellecerla como piensan los estetas y los literatos, ni hacerla más justa o buena, como sueñan los moralistas. Mediante la palabra, la poesía procura hacer sagrado al mundo; con la palabra consagra la experiencia de los hombres y las relaciones entre el hombre y el mundo, entre el hombre y la mujer, entre el hombre y su propia conciencia”. Si la palabra describe al mundo, la poesía lo revoluciona.
José Agustín Goytisolo estaba de acuerdo en que la poesía no es de quien la trabaja, sino de quien la necesita. Y ahí estamos pues los lectores de poesía, buscándola para que nos ayude con ironía y belleza, con rabia y generosidad, con furia y arrebato, a seguir tratando de entender al mundo, a los demás, a nosotros mismos.
Luis Felipe Fabre brinda esta poética vivencial, que busca en el lenguaje, en la reinterpretación y creación, los signos adecuados para expresar las cavilaciones y experiencias humanas.
El autor construye sus versos con distintos materiales. La piedra que cimenta cada uno de los siete apartados de su libro, Cabaret Provenza, no es la misma, pero proviene de la misma cantera: el espíritu.
Es en el trajín diario de Jack Mendoza, —“vendedor de biblias, soltero, 57 años/ nunca aprendió a tocar el violín”— o en los textos conjuntados en el apartado “Vacas Flacas”, donde el lector ve desfilar ante sí a personajes con los que nos topamos todos los días, que rozamos en la parada del camión, escuchamos en el supermercado o hemos visto trabajando, golpeando cansinamente las puertas de una calle que luce infinita.
Empleados, amas de casa, desamparados, ardidos, perdedores, todos cargando su humanidad a cuestas. El poeta no sólo describe a estos seres ordinarios, los exhibe con ironía bajo una luz potente, que no permite que se esconda defecto alguno.
Ante el lector aparece la imagen de Jack Mendoza sentado, solo, en un taburete dentro de una sórdida cafetería perdida en medio de la carretera. Y afuera, en el cielo de este personaje entrañable, brilla el verso que estremece: “y la luna es un plato roto que una mesera arrojó/ por la ventana”.
Gracias a un lenguaje austero, que linda en ocasiones con la prosa, se crean versos que describen el pathos angustiado del hombre moderno, la demoledora certeza de su soledad en un universo torpemente entrevisto y en todo caso incomprensible.
Pesimismo corrosivo y brillante que realza el elemento cómico a expensas del más visiblemente maligno. Situación que puede observarse en poemas como “Investigación de Mercado”, “Vida Quieta“y “Nota Roja”.
De este último cito:
“Diéronle a elegir entre el dinero o la vida: aseguran
los testigos. Pero la señora
no tenía: lleváronse el monedero sólo de recuerdo:
el monedero vacío: emblema del estómago:
le robaron su pobreza: le obsequiaron
una bala: joya al incrustarse en una carne que nada
poseía”.
Pero también aparece el poeta que utiliza la palabra como juego y divertimento, como filosofía lírica. Lamento, festejo, charco de agua turbia en el que se reflejan el alma, los sueños, los deseos, las operaciones secretas del espíritu en busca de refugio.
No se puede evitar la sonrisa ante el guiño que hace el autor con textos como “Bestiario Político”, que tiene como protagonista al siempre popular chupacabras —”el pariente pobre del vampiro”, “zorro con alas de murciélago y garras de priísta”, “la alegoría más temida del ejido.
“Los Ardidos” y “Canción Ranchera” también despiertan inmediata simpatía, y ganas de acompañar la lectura de sus versos al son del corrido norteño y con una botella de tequila en mano.
De “Canción ranchera” la primera estrofa es memorable:
“Le llaman el Anticharro: el Mariachi del Apocalipsis:
tiene pacto con el Diablo; nexos con el narco
y un chayote medianito en vez de corazón:
ay, en vez de corazón”.
La multiplicidad del mundo se traduce en la multiplicidad de temas que pueden encontrarse en las páginas de Caberet Provenza. Fabre le da espacio a las Vacas Sagradas, a los juegos verbales, a las piedras del camino que conduce a Comala.
El lector encuentra en estas páginas a un alquimista verbal, apasionado por la búsqueda de la verdad circundante a la que atrapa con fiereza para diseccionarla en carne viva, sin la asepsia de la mesa quirúrgica.
Después de las revelaciones vertidas por el idioma poético de Fabre, el lector aparece en calles ajenas, extrañas, pero llenas de promesas. El poeta entrega el escalpelo, es nuestra la decisión de utilizarlo.
sábado, 23 de junio de 2007
La morada de las Fridas


El visitante traspone dos amplias puertas de madera y frente a sí encuentra un oasis en medio del tráfico y el bullicio del Distrito Federal. Atrás queda el barrio de Xochimilco y desde la entrada al museo Dolores Olmedo es posible escuchar el graznido de los patos y vislumbrar a lo lejos como los pavorreales despliegan su plumaje
mientras recorren las veredas empedradas.
El visitante prosigue su camino y observa a perros xoloizcuintles paseándose libremente a lo largo de un amplio jardín con bellos espejos de agua, así como la torre de una capilla virreinal que se erige en la ex Hacienda de La Noria, llamada así por los numerosos ojos de agua que en ella se localizan.
Al final de un largo camino –el museo ocupa una superficie de 23 mil metros cuadrados, un verdadero lujo para una ciudad de 22 millones de habitantes–, se encuentra la casa de la famosa mecenas Dolores Olmedo Patiño, que hoy está convertida en el recinto que aloja la colección más ambiciosa que se conozca de dos de los más importantes artistas mexicanos: Frida Kahlo y Diego Rivera.
De Rivera se muestran 144 obras que recorren las diferentes etapas artísticas y estilos por los que incursionó a lo largo de su vida: el cubismo que signó la obra juvenil del artista, los paisajes costumbristas de colores vivos que exhiben el verano español, los coqueteos con el surrealismo creado por André Bretón, las acuarelas del ocaso que realizó durante cada día que vivió en Acapulco, los retratos y autorretratos que exploran el rostro humano sin contemplaciones.
Dispuesta en amplias salas se encuentra la colección más importante de obra de caballete del pintor, así como litografías, bocetos y calcas de su obra muralista.
El viaje de las '26 Fridas'
Al final del recorrido, en el que la obra de Rivera comparte espacio con piezas prehispánicas y objetos del virreinato en una museografía audaz que no le concede descanso al observador, una pequeña sala umbría aloja la producción de la pintora del momento.
Las "26 Fridas" que posee el museo son el broche de oro, las piezas que han impulsado al visitante a llegar al lejano emplazamiento en que se ubica la ex hacienda. Ante las miradas ávidas de los turistas franceses y norteamericanos se presenta uno de los más famosos cuadros de la artista, que este año es celebrada por el centenario de su
natalicio, "La Columna Rota", pintado en 1944.
"Mi Nana y Yo", "Autorretrato con Changuitos" y "Unos Cuantos Piquetitos" son algunos de los títulos de esta colección de Frida Kahlo, una de las más importantes en el mundo y la más grande en México, cuyo valor asciende a más de 40 millones de dólares.
Sin duda la carta fuerte de un museo que es una joya de la arquitectura colonial del siglo 16, que cuenta con una colección de más de 600 piezas prehispánicas, tallas en madera y muebles que datan del Virreinato y un espacio para exposiciones temporales —en estos días exhibe en los jardines la obra escultórica de Carol Miller.
Además, existe una sala dedicada a la pintora rusa Angelina Belloff, quien fue la primer esposa de Rivera, en donde se exhiben 42 grabados y dibujos.
Pero hoy la sala ocho luce vacía, las "26 Fridas" se han unido a otras 300 piezas que se exhiben desde el 13 de junio en el Palacio de Bellas Artes. Su peregrinaje no terminará ahí, Monterrey las recibirá el 31
de agosto como parte del homenaje que el Fórum Universal de las Culturas 2007 le rendirá a la pintora mexicana mejor cotizada en el mercado del arte internacional.
Sin duda el Museo Dolores Olmedo, que abrió sus puertas al público el 17 de septiembre de 1994, es un sitio de peregrinaje obligado para los amantes del arte mexicano, pero será mejor visitarlo cuando termine el "año Frida" y que las 26 obras peregrinas retornen al sitio que pertenecen.
Trenzas, bigote y cejas forman un todo que animaliza y embellece, y ahí, continuando el rostro de la artista aparecen los changuitos, que la repiten y reflejan.

En julio de 1932 Frida vuelve a perder un embarazo y permanece internada en el Hospital Henry Ford, de esa época es la pintura: "Henry Ford Hospital".

El dato
El Museo Dolores Olmedo Patiño se encuentra en el Distrito Federal en Av. México 5843. La Noria, Xochimilco.
Código postal: 16030.
Tel: 555 08 91
Horario: Abierto de martes a domingo de 10 a 18 horas.
martes, 12 de junio de 2007
Como si algo estuviera por decirse

El tiempo transcurre gratuito. Se intenta una y otra vez que la vida resulte, sobrepasar el discurrir de las espigas, de la arena, de la certeza de la muerte.
No es sencillo, pero el camino debe ser andado con ojos atentos, prestos a la sorpresa. Nadie regresa al mismo sitio, Comala siempre muta en ciudades informes, que esperan ser descubiertas.
Los árboles
Los árboles se están cubriendo de hojas
como si algo estuviera por decirse.
Recientes brotes se distienden y abren;
una especie de pena es su verdor.
¿Acaso ellos renacen y nosotros
envejecemos? No, también se mueren.
El acto anual de su renovación
está escrito en anillos de madera.
Sin embargo, castillos incansables,
se trillan cada pleno y denso mayo.
Murió el año, parecen ya decir;
comienza nuevamente, nuevamente.
Philip Larkin
sábado, 2 de junio de 2007
Al final del viaje comienza el camino
El fin del viaje llegó. Se veía ya cercano cuando los amigos departían en las cantinas del Zócalo y conversaban sobre reportajes inconclusos o el periodismo amoroso de factura jacintista; cuando caminaban frente al Palacio de Bellas Artes o se tomaban unos tragos en algún barecito oscuro de la colonia Roma; cuando se abrazaban y se estrechaban las manos en el intento de asir todos los recuerdos forjados en cinco meses.
El viaje, es cierto, terminó. Pero ahí quedan las palabras compartidas; las fechorías nocturnas que provocaban esa risa fácil que sólo se da entre cómplices; los collares de cuentas multicolores que verán el sol en distintas regiones del país; el tumulto del estadio Azteca y el tráfico que dio lugar a charlas amenas, entrañables.
Los lazos que sólo pueden ser creados en viajes iniciáticos, la fiesta aderezada con peruanismos, el bullicio nocturno de la ciudad cuajada de luces y promesas. Todo esto, y un tumulto de recuerdos, han quedado atrás, lejos, en el DF, en Prende, y en todos los sitios que tuvieron la fortuna de observar cómo la humanidad se abre camino en un mundo caótico y mezquino; cómo la amistad puede surgir entre 10 personas radicalmente distintas, pero unidas por la esperanza de que un sitio mejor siempre es posible.
El viajero, cuando vuelve, regresa a otra ciudad, y no porque ésta haya cambiado, sino porque sus ojos tienen una mirada distinta. Sé que mis amigos, al igual que yo, llegaron a otra tierra que hoy ofrece nuevas calles, nuevas experiencias y un sinfín de caminos que se abren ante quien esté dispuesto a recorrerlos.
Al final del viaje está el horizonte,
al final del viaje partiremos de nuevo,
al final del viaje comienza el camino,
otro buen camino que seguir descalzos
contando la arena.
Silvio Rodríguez
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