sábado, 4 de agosto de 2007

Dos meses

Hace dos meses que regresé a Saltillo y a pesar de que el ritmo es por completo distinto al trajín urbano del Distrito Federal, me he visto imersa en los días eternos de la redacción. Entre la nota diaria, mi columna literaria y mi familia —con perro incluído— apenas me da tiempo para escribir en este blog.
Y qué es lo que puedo contar, que me reencontré con mis viejos amigos y que recordé el exceso de trabajo que trae consigo las decisiones inesperadas de un editor que decide irse a ver a Tim Burton a Guanajuato, justo a la mitad del Festival Viva Saltillo —con obras de teatro, exposiciones y conciertos diarios— y que se debe ser estoica para editar, cubrir, reseñar y entrevistar.
Pero es cierto, extrañaba las noches saltillenses frías y tranquilas, los conciertos de verano en la Plaza de Armas. Cómo me divertí con el blues de Betsy Pecanins, el jazz estridente de Iraida Noriega —y que entrevista tan simpática y entrañable logré con ella—, el desenfado de Plastilina Mosh y la maravilla de la ópera que se abre paso bajo las estrellas gracias a la voz del tenor Fernando de la Mora.
Pero sobretodo extrañaba escribir y leer hasta sentir el sopor de la madrugada, pasear con Allegra por la Alameda, el acento norteño y los comentarios ácidos de la redacción.
Es extraño como el ser humano se adapta a las circunstancias, al tiempo, a la memoria. Parece que fue en otra vida cuando caminaba por las calles empedradas de Coyoacán, cuando sentía encima el estrés de los trabajos y exámanes finales de la Ibero, cuando urdía con mis compañeros becarios los planes del siguiente fin de semana.
De vuelta a mi mundo todo parece marchar perfecto, cada pieza ocupa el lugar preciso y la memoria sucumbe ante los días plenos de sol de desierto.

lunes, 2 de julio de 2007

Cabaret y lluvia

Hace unos días tuve la oportunidad de presentar en Saltillo, junto a Miguel Gaona, el libro "Cabaret Provenza" de Luis Felipe Fabre. Fue una buena oportunidad para vencer el temor que le tengo a los micrófonos y para estar del otro lado de la mesa, para variar. A pesar de la lluvia que cayó toda la tarde, fue una agradable velada poética, para guardar en la memoria.
Transcribo el texto que leí sobre Cabaret Provenza, en verdad un libro que vale la pena visitar, editado por el Fondo de Cultura Económica.


Sobre Cabaret Provenza

Octavio Paz sostenía que la poesía transforma la vida, pero “no piensa embellecerla como piensan los estetas y los literatos, ni hacerla más justa o buena, como sueñan los moralistas. Mediante la palabra, la poesía procura hacer sagrado al mundo; con la palabra consagra la experiencia de los hombres y las relaciones entre el hombre y el mundo, entre el hombre y la mujer, entre el hombre y su propia conciencia”. Si la palabra describe al mundo, la poesía lo revoluciona.

José Agustín Goytisolo estaba de acuerdo en que la poesía no es de quien la trabaja, sino de quien la necesita. Y ahí estamos pues los lectores de poesía, buscándola para que nos ayude con ironía y belleza, con rabia y generosidad, con furia y arrebato, a seguir tratando de entender al mundo, a los demás, a nosotros mismos.

Luis Felipe Fabre brinda esta poética vivencial, que busca en el lenguaje, en la reinterpretación y creación, los signos adecuados para expresar las cavilaciones y experiencias humanas.

El autor construye sus versos con distintos materiales. La piedra que cimenta cada uno de los siete apartados de su libro, Cabaret Provenza, no es la misma, pero proviene de la misma cantera: el espíritu.

Es en el trajín diario de Jack Mendoza, —“vendedor de biblias, soltero, 57 años/ nunca aprendió a tocar el violín”— o en los textos conjuntados en el apartado “Vacas Flacas”, donde el lector ve desfilar ante sí a personajes con los que nos topamos todos los días, que rozamos en la parada del camión, escuchamos en el supermercado o hemos visto trabajando, golpeando cansinamente las puertas de una calle que luce infinita.

Empleados, amas de casa, desamparados, ardidos, perdedores, todos cargando su humanidad a cuestas. El poeta no sólo describe a estos seres ordinarios, los exhibe con ironía bajo una luz potente, que no permite que se esconda defecto alguno.

Ante el lector aparece la imagen de Jack Mendoza sentado, solo, en un taburete dentro de una sórdida cafetería perdida en medio de la carretera. Y afuera, en el cielo de este personaje entrañable, brilla el verso que estremece: “y la luna es un plato roto que una mesera arrojó/ por la ventana”.

Gracias a un lenguaje austero, que linda en ocasiones con la prosa, se crean versos que describen el pathos angustiado del hombre moderno, la demoledora certeza de su soledad en un universo torpemente entrevisto y en todo caso incomprensible.

Pesimismo corrosivo y brillante que realza el elemento cómico a expensas del más visiblemente maligno. Situación que puede observarse en poemas como “Investigación de Mercado”, “Vida Quieta“y “Nota Roja”.

De este último cito:

“Diéronle a elegir entre el dinero o la vida: aseguran
los testigos. Pero la señora
no tenía: lleváronse el monedero sólo de recuerdo:

el monedero vacío: emblema del estómago:
le robaron su pobreza: le obsequiaron
una bala: joya al incrustarse en una carne que nada
poseía”.

Pero también aparece el poeta que utiliza la palabra como juego y divertimento, como filosofía lírica. Lamento, festejo, charco de agua turbia en el que se reflejan el alma, los sueños, los deseos, las operaciones secretas del espíritu en busca de refugio.

No se puede evitar la sonrisa ante el guiño que hace el autor con textos como “Bestiario Político”, que tiene como protagonista al siempre popular chupacabras —”el pariente pobre del vampiro”, “zorro con alas de murciélago y garras de priísta”, “la alegoría más temida del ejido.

“Los Ardidos” y “Canción Ranchera” también despiertan inmediata simpatía, y ganas de acompañar la lectura de sus versos al son del corrido norteño y con una botella de tequila en mano.

De “Canción ranchera” la primera estrofa es memorable:

“Le llaman el Anticharro: el Mariachi del Apocalipsis:
tiene pacto con el Diablo; nexos con el narco
y un chayote medianito en vez de corazón:
ay, en vez de corazón”.

La multiplicidad del mundo se traduce en la multiplicidad de temas que pueden encontrarse en las páginas de Caberet Provenza. Fabre le da espacio a las Vacas Sagradas, a los juegos verbales, a las piedras del camino que conduce a Comala.

El lector encuentra en estas páginas a un alquimista verbal, apasionado por la búsqueda de la verdad circundante a la que atrapa con fiereza para diseccionarla en carne viva, sin la asepsia de la mesa quirúrgica.

Después de las revelaciones vertidas por el idioma poético de Fabre, el lector aparece en calles ajenas, extrañas, pero llenas de promesas. El poeta entrega el escalpelo, es nuestra la decisión de utilizarlo.

sábado, 23 de junio de 2007

La morada de las Fridas




El visitante traspone dos amplias puertas de madera y frente a sí encuentra un oasis en medio del tráfico y el bullicio del Distrito Federal. Atrás queda el barrio de Xochimilco y desde la entrada al museo Dolores Olmedo es posible escuchar el graznido de los patos y vislumbrar a lo lejos como los pavorreales despliegan su plumaje
mientras recorren las veredas empedradas.
El visitante prosigue su camino y observa a perros xoloizcuintles paseándose libremente a lo largo de un amplio jardín con bellos espejos de agua, así como la torre de una capilla virreinal que se erige en la ex Hacienda de La Noria, llamada así por los numerosos ojos de agua que en ella se localizan.
Al final de un largo camino –el museo ocupa una superficie de 23 mil metros cuadrados, un verdadero lujo para una ciudad de 22 millones de habitantes–, se encuentra la casa de la famosa mecenas Dolores Olmedo Patiño, que hoy está convertida en el recinto que aloja la colección más ambiciosa que se conozca de dos de los más importantes artistas mexicanos: Frida Kahlo y Diego Rivera.
De Rivera se muestran 144 obras que recorren las diferentes etapas artísticas y estilos por los que incursionó a lo largo de su vida: el cubismo que signó la obra juvenil del artista, los paisajes costumbristas de colores vivos que exhiben el verano español, los coqueteos con el surrealismo creado por André Bretón, las acuarelas del ocaso que realizó durante cada día que vivió en Acapulco, los retratos y autorretratos que exploran el rostro humano sin contemplaciones.
Dispuesta en amplias salas se encuentra la colección más importante de obra de caballete del pintor, así como litografías, bocetos y calcas de su obra muralista.

El viaje de las '26 Fridas'
Al final del recorrido, en el que la obra de Rivera comparte espacio con piezas prehispánicas y objetos del virreinato en una museografía audaz que no le concede descanso al observador, una pequeña sala umbría aloja la producción de la pintora del momento.
Las "26 Fridas" que posee el museo son el broche de oro, las piezas que han impulsado al visitante a llegar al lejano emplazamiento en que se ubica la ex hacienda. Ante las miradas ávidas de los turistas franceses y norteamericanos se presenta uno de los más famosos cuadros de la artista, que este año es celebrada por el centenario de su
natalicio, "La Columna Rota", pintado en 1944.
"Mi Nana y Yo", "Autorretrato con Changuitos" y "Unos Cuantos Piquetitos" son algunos de los títulos de esta colección de Frida Kahlo, una de las más importantes en el mundo y la más grande en México, cuyo valor asciende a más de 40 millones de dólares.
Sin duda la carta fuerte de un museo que es una joya de la arquitectura colonial del siglo 16, que cuenta con una colección de más de 600 piezas prehispánicas, tallas en madera y muebles que datan del Virreinato y un espacio para exposiciones temporales —en estos días exhibe en los jardines la obra escultórica de Carol Miller.
Además, existe una sala dedicada a la pintora rusa Angelina Belloff, quien fue la primer esposa de Rivera, en donde se exhiben 42 grabados y dibujos.
Pero hoy la sala ocho luce vacía, las "26 Fridas" se han unido a otras 300 piezas que se exhiben desde el 13 de junio en el Palacio de Bellas Artes. Su peregrinaje no terminará ahí, Monterrey las recibirá el 31
de agosto como parte del homenaje que el Fórum Universal de las Culturas 2007 le rendirá a la pintora mexicana mejor cotizada en el mercado del arte internacional.
Sin duda el Museo Dolores Olmedo, que abrió sus puertas al público el 17 de septiembre de 1994, es un sitio de peregrinaje obligado para los amantes del arte mexicano, pero será mejor visitarlo cuando termine el "año Frida" y que las 26 obras peregrinas retornen al sitio que pertenecen.


Trenzas, bigote y cejas forman un todo que animaliza y embellece, y ahí, continuando el rostro de la artista aparecen los changuitos, que la repiten y reflejan.


En julio de 1932 Frida vuelve a perder un embarazo y permanece internada en el Hospital Henry Ford, de esa época es la pintura: "Henry Ford Hospital".


El dato
El Museo Dolores Olmedo Patiño se encuentra en el Distrito Federal en Av. México 5843. La Noria, Xochimilco.
Código postal: 16030.
Tel: 555 08 91
Horario: Abierto de martes a domingo de 10 a 18 horas.

martes, 12 de junio de 2007

Como si algo estuviera por decirse


El tiempo transcurre gratuito. Se intenta una y otra vez que la vida resulte, sobrepasar el discurrir de las espigas, de la arena, de la certeza de la muerte.

No es sencillo, pero el camino debe ser andado con ojos atentos, prestos a la sorpresa. Nadie regresa al mismo sitio, Comala siempre muta en ciudades informes, que esperan ser descubiertas.

Los árboles

Los árboles se están cubriendo de hojas
como si algo estuviera por decirse.
Recientes brotes se distienden y abren;
una especie de pena es su verdor.

¿Acaso ellos renacen y nosotros
envejecemos? No, también se mueren.
El acto anual de su renovación
está escrito en anillos de madera.

Sin embargo, castillos incansables,
se trillan cada pleno y denso mayo.
Murió el año, parecen ya decir;
comienza nuevamente, nuevamente.

Philip Larkin

sábado, 2 de junio de 2007

Al final del viaje comienza el camino






El fin del viaje llegó. Se veía ya cercano cuando los amigos departían en las cantinas del Zócalo y conversaban sobre reportajes inconclusos o el periodismo amoroso de factura jacintista; cuando caminaban frente al Palacio de Bellas Artes o se tomaban unos tragos en algún barecito oscuro de la colonia Roma; cuando se abrazaban y se estrechaban las manos en el intento de asir todos los recuerdos forjados en cinco meses.

El viaje, es cierto, terminó. Pero ahí quedan las palabras compartidas; las fechorías nocturnas que provocaban esa risa fácil que sólo se da entre cómplices; los collares de cuentas multicolores que verán el sol en distintas regiones del país; el tumulto del estadio Azteca y el tráfico que dio lugar a charlas amenas, entrañables.

Los lazos que sólo pueden ser creados en viajes iniciáticos, la fiesta aderezada con peruanismos, el bullicio nocturno de la ciudad cuajada de luces y promesas. Todo esto, y un tumulto de recuerdos, han quedado atrás, lejos, en el DF, en Prende, y en todos los sitios que tuvieron la fortuna de observar cómo la humanidad se abre camino en un mundo caótico y mezquino; cómo la amistad puede surgir entre 10 personas radicalmente distintas, pero unidas por la esperanza de que un sitio mejor siempre es posible.

El viajero, cuando vuelve, regresa a otra ciudad, y no porque ésta haya cambiado, sino porque sus ojos tienen una mirada distinta. Sé que mis amigos, al igual que yo, llegaron a otra tierra que hoy ofrece nuevas calles, nuevas experiencias y un sinfín de caminos que se abren ante quien esté dispuesto a recorrerlos.


Al final del viaje está el horizonte,
al final del viaje partiremos de nuevo,
al final del viaje comienza el camino,
otro buen camino que seguir descalzos

contando la arena.


Silvio Rodríguez

viernes, 18 de mayo de 2007

Reflexiones sobre las Vanguardias Literarias


Las vanguardias cimentan su fe en el presente, pero miran hacia el futuro. Reconocen la simultaneidad del movimiento, del tiempo que avanza como bólido, como auto de carreras, como tren hacia Siberia.

La revolución industrial y social del siglo 19 fue el abrevadero para los movimientos –también revolucionarios- artísticos que multiplicaron, fragmentaron, la realidad de Europa, en primer término, y después la de América Latina.

El cambio en la concepción y creación de la obra de arte, como respuesta a los cambios sociales y a los tiempos modernos, ya se intuía en la obra de Lautrémont, Mallarmé, Apollinaire –no en vano sus caligramas fueron el modelo a seguir para quienes pugnaban por una revolución semántica.

Y como toda revolución social se construye con discursos y teorías, las vanguardias siguieron estos pasos a través de manifiestos, revistas, propaganda, discursos de cafetín. Primero llegaron los futuristas con Marinetti a la cabeza, con una radicalización que pugnaba por destruir el pasado, quemar bibliotecas y proclamar la belleza superior de un auto de carreras sobre la Victoria de Samotracia.

La pintura también serviría de vaso comunicante para la vanguardia literaria. Estarían los pintores futuristas, pero serían los cubistas (Picasso, Braque) quienes darían paso al cubismo poético, que construye el poema a través de imágenes fragmentadas. Poema-conversación que atrapa las sensaciones, impresiones de quienes participan en él; tal es el caso de Cendrars y su vertiginoso poema “Prosa del Transiberiano y de la pequeña Juana de Francia".

En 1915 irrumpió en la escena literaria el dadaísmo con Hugo Ball a la cabeza. Movimiento que surge como una respuesta lúdica a la guerra. Tristan Tzara es quien se hace cargo del movimiento al emitir el manifiestos de los dadaístas –cuya influencia se extendió a Francia, Alemania y Nueva York- que propone fundir el arte y la vida, crear un arte vivencial que destruya el sentido lógico del discurso, que juegue con la semántica, con el lenguaje, con la vista y los sentidos.

Si el dadaísmo habla sobre la muerte del arte, el surrealismo pugna por su renacimiento. El primero en utilizar el testimonio surrealista es Apollinare en su drama surrealista "Las Tetas de Tiresia", pero será André Bretón quien a través de su “abrazo poético” intente “evitar toda caída en la miseria del mundo”.

Bretón se erige en el profeta de un movimiento que retorna a lo irracional, que nace con un pie en el romanticismo y que privilegia a los sueños, al hipnotismo, a las sesiones espiritistas, a la escritura automática, como fuentes fecundas para la creación artística no sólo la literaria, también pictórica y cinematográfica. Bretón intenta reunificar el espíritu del ser: conciencia e inconsciencia, política y poética. Crear pues una revolución integral, “cambiar la vida y transformar el mundo”. Mientras Dadá es un punto de partida, el surrealismo retorna a la historia, a sus “santos” particulares como el Bosco, Dante, Freud, Lautrémont, Jonathan Swift, Lewis Carroll y otros.
El uso de anáforas, la concatenación de imágenes insólitas, la metamorfosis constante, la capacidad de asombro, son algunas características de este aliento poético de largo alcance, que se erigió sobre la libertad y el amor.

Estos movimientos, junto con algunos autores emblemáticos como Maiakovsky, T. S. Elliot, Joyce, William Carlos Williams y el norteamericano Ezra Pound, dejaron sentir su influencia en los creadores latinoamericanos.

"La obligación del poeta es crear, crear y crear"
En Chile, Vicente Huidobro se une a la revolución poética que se propaga por Europa –y que intentó seguir un tibio modernismo latinoamericano- yuse convierte en el fundador (y único integrante) del Creacionismo. Huidobro retoma el discurso de Apollinaire, esa burla velada a las imágenes sagradas, para construir "Altazor". Poema basado en la conciencia de la muerte, en la finitud, pero que erige al poeta –al creador- en un dios lúdico que afronta a la desaparición inexorable del cuerpo por medio de un lenguaje nuevo, que nombra todo aquello que crea el poeta.
Altazor se convierte en el ejercicio extremo de la voluntad del poeta, de Huidobro, a través de la destrucción y reconstrucción de la lengua. El chileno se erige como figura máxima en su mundo particular, a pesar de su escepticismo filosófico, por medio del humor y la chanza, su vonluntad ante lo inexorable.
El antipoeta y mago hace una revolución En Altazor no sólo contra el destino, también contra la poesía misma.

"Viva el mole de Guajolote"
En México, la vanguardia encarna en el estridentimso. Xalapa es la capital de este movimiento encabezado por Manuel Maples Arce y que llama a la juventud mexicana a levantarse contra el estancamiento intelectual. Como el Futurismo, el estridentismo proclama su admiración por la tecnología y la máquina, por el bombillo eléctrico que deja de lado a la naturaleza y al costumbrismo.
Arquéles Vela, Germán Liszt Arzubide y Quintanilla son otros de los participantes, que toman influencias de Tablada y de Lòpez Velarde, y que se constituye en el intento –poco original en mi opinión- de introducir la modrnidad en México.

Del ultraísmo a los senderos que se bifurcan
De nueva cuenta en el sur latinoamericano, el utraísmo nace con un Borges Jove, que no tardará en aniquilar el movimiento. Pero el inspirador de esta breve revuelta literaria seguirá siempre en el imaginario del argentino: Macedonio Fernández.
La actitud escéptica, las digresiones literarias, la negación de los roles establecidos (autor-lector) de la obra de Fernández serán retomados por Borgess, quien cuestiona la importancia del autor y que afirma que el texto y la “charla” que los textos entablan etre sí es lo más importante. Borges “ficciona” las ideas filosóficas, crea mundos alternos en donde la literatura se vuelve un ente orgánico, biloógico.

La masmédula dulce
La revolución lingüística en América Latina reencarna en Oliverio Girondo, quien al igual que Huidobro, está consciente de la muerte, pero que ve el tránsito hacia ésta como un camino hacia el dolor.
Girando trata –sobre todo en la "Masmédula"- de aprehender un mundo que se desintegra ante sus ojos. Y el lenguaje no le es suficiente or lo que crea uno nuevo que le e la posibilidad de ser todos, de sentir todo.

"Ejecutoría del miasma"
César Vallejo será quien encarne al poeta trágico, oscuro, solidario. Si poética está impregnada de religiosidad, pero también de una sensación de oquedad que busca en el entorno algo, una pieda a la que asirse.
Su poesía es vivencial más que experimental, y por ello Vallejo busca en el lenguaje, en la reinterpretación y creación, los signos adecuados para expresar el sufrimiento humano. A diferencia de Girando, Vallejo no pasa por una etapa vital, esperanzadora, y de hecho no la busca. Ausme la miseria de todos como propia y es en Trilce donde su voz profunda, real, se deja escuchar.

La antropofagia como vocación
El modernismo brasileño tiene como propósito “hacer nacer un arte brasileño, hijo del cielo y de la tierra, del hombre y del misterio”.
Para lograrlo los poetas, encabezados por Oswald de Andrade, hablan de la antropofagia, de devorar a las influencias europeas para deglutirlas y convertirlas en algo netamente brasileño
De esta corriente de cambio nacerían mas tarde los poetas concretos –con los hermanos Campos y Pignatari a la cabeza- que buscaron revolucionar el lenguaje.
A través del signo, de la hoja en blanco, de la estructura de la palabra, los concretos crearon una poética nueva, que buscaba responder a su tiempo de palabras veloces y publicidad. En donde las palabras se volverán constelaciones que deberán ser interpretadas por quien las lee.

Y también en este vaivén de la poesía latinoamericana no pueden faltar Octavio Paz y "Piedra de sol", Nicanor Parra y los antipoemas, Cardenal y su visión del mundo. Raúl Zurita también habita esta revolución poética, pero a través del dolor, de los sentidos, de su mejilla estrellada y las letras que formó sobre la arena silenciosa de desierto de Atacama.

lunes, 14 de mayo de 2007

La poética del aire


“Compañeros, os decimos ahora que el triunfante progreso de la ciencia hace que los cambios en la humanidad sean inevitables, cambios que están abriendo un abismo entre los dóciles esclavos de la tradición y nosotros, los modernos libres que confiamos en el esplendor radiante de nuestro futuro”.

Humberto Boccioni.
Manifiesto de los pintores futuristas



Octavio Paz señaló que la poesía quiere cambiar la vida y para lograrlo aprehende al mundo, lo devora. A la manera de los antropófagos, la palabra mastica todo aquello que la circunda, transformándose así en signo oblicuo, polisémico, que habla no sólo sobre quien la pronuncia, sino acerca de quien la escucha y del tiempo en que nace y se perpetúa.

La poesía transforma la vida, pero, continúa Paz, “no piensa embellecerla como piensan los estetas y los literatos, ni hacerla más justa o buena, como sueñan los moralistas. Mediante la palabra, mediante la expresión de su experiencia, procura hacer sagrado al mundo; con la palabra consagra la experiencia de los hombres y las relaciones entre el hombre y el mundo, entre el hombre y la mujer, entre el hombre y su propia conciencia”.


Y es la poesía el testimonio del lenguaje que se revoluciona, que busca formar parte de su tiempo histórico. Así lo entendieron las vanguardias literarias, desde el manifiesto futurista de Marinetti escrito en los albores del siglo 20 hasta el hermoso bullicio que surge de las páginas de Tierra Baldía de T. S. Elliot. La palabra describe al mundo y la poesía lo revoluciona.

Y qué mejor que la palabra para tratar de describir una vida inmersa en la revolución posmoderna, signada por la lucha de aprehender un presente que se escurre a cada segundo, inasible. Como dice Marshall Berman, ser moderno implica ser: “vitales ante las nuevas posibilidades de experiencia y aventura, atemorizados ante las profundidades nihilistas a que conducen tantas aventuras modernas, ansiosos por crear y asirnos a algo real aun cuando todo se desvanezca”.

“Desterrados del cielo y del infierno, la tierra, único paraíso que se ofrecía a nuestra avidez, ha perdido toda su seducción. Si antes se renunciaba a la tierra por el cielo… ahora somos unos desgarrados gozadores, unos escépticos sufridores” escribió Octavio Paz en su ensayo Trabajo vacío. Es cierto, ser moderno es vivir una vida de paradojas y contradicciones, pero sigue ahí la razón que nos hace seres humanos: transformar el mundo y hacerlo nuestro.


Como escribió Marshall Berman, ser modernos es encontrarnos en un entorno que nos promete aventuras, poder, alegría, crecimiento, transformación de nosotros y del mundo y que, al mismo tiempo, amenaza con destruir todo lo que tenemos, todo lo que sabemos, todo lo que somos.
Ahí están los problemas con los que se confronta el arte del siglo 21: el concepto mismo de obra de arte; la desaparición de la diferencia entre arte culto y arte de masas; la creación de la obra de arte como un objeto de consumo regido por las leyes del mercado; la posibilidad de que desaparezcan (como ya ha sucedido) de la vista de la humanidad la producción de los grandes nombres de la galaxia artística como Van Gogh, Renoir o Picasso.

El arte desordena nuestro mundo habitual y nos lo modifica, lo amplia o renueva. Gerard Vilar tiene razón, no todas las obras de arte lo hacen de igual modo, ni con la misma fuerza, ni con la misma razón. Al menos, en este mundo en el que todo se mezcla –arte y publicidad, pintura y digitalización, sonido y video–, suena válido que la piedra a la que asirse se encuentre flotando en el ciberespacio, en my space, en el Messenger, en el blog, en ese grito solitario frente a una pantalla.

¿Cómo confrontar un mundo en el que, como dijo Marx, “todo está preñado de su contrario” y “donde todo lo sólido se desvanece en el aire”? Un mundo en el cual, como dijo Nietzsche –citado por Berman– “hay peligro, un gran peligro (…) pero esta vez desplazado a lo individual, a lo más cercano y querido, a la calle, a nuestro propio hijo, nuestro propio corazón, nuestros más íntimos y secretos reductos del deseo y la voluntad”.

Tal vez no exista la respuesta, pero sí el ansia vital ante las nuevas posibilidades que se muestran, como senderos que se bifurcan llenos de promesas, en el tiempo moderno, inaprensible. Y Vilar tiene esperanza: “en este mundo en el que el individuo está perdiendo sus referencias seguras surge también la posibilidad de libertad, esto es, de indagar, experimentar y conocer libremente; de opinar, razonar y actuar libremente; y también de gozar, juzgar y crear libremente las obras de arte”.

Paul Ricoeur invita a reflexionar sobre el breve tiempo de los mortales y el gran tiempo de los movimientos siderales, y señala que la desproporción entre ambos no es solamente cuantitativa, sino cualitativa entre un tiempo con presente, futuro y pasado. Diferencias entre “un tiempo estructurado por la atención, la anticipación, la memoria, y un tiempo sin presente, constituido por una serie infinita de instantes que no son más que cohetes visuales en la continuidad del cambio”.

Y es así como pasa la obra poética, rauda, ígnea, como galaxia que eclosiona plena de significados para extinguirse, presa de la continuidad del cambio, en la infinitud del tiempo.